Mil productos diferentes abarrotaban la estantería del cuarto de baño de Alice, todos ellos con la pretensión de embellecer la piel de una persona. Supuse que había adquirido la mayoría como deferencia a mí, ya que en aquella casa todos tenían una piel perfecta. Leí las etiquetas con asombro, hecha polvo ante semejante desperdicio.
Tuve la precaución de no mirar al gran espejo.
Alice me peinaba el pelo con movimientos lentos y rítmicos.
—Ya basta, Alice —le insté en tono apagado—. Quiero volver a La Push.
¿Cuántas horas tendría que esperar a que Charlie abandonara la casa de Billy para poder ver a Jacob? Cada minuto que había pasado sin saber si Jake seguía respirando o no, me había pesado como diez vidas completas. Y ahora, cuando por fin podía ir para verificar su estado por mí misma, el tiempo se me pasaba tan rápido... Sentí como si estuviera conteniendo el aliento antes de que Alice llamara a Edward, insistiendo en que debía mantener esa ridicula farsa de que había dormido fuera de casa. Parecía algo tan insignificante...
—Jacob continúa inconsciente —contestó Alice—. Carlisle o Edward te llamarán en cuanto despierte. De cualquier modo, debes ir a ver a tu padre. Estaba en casa de Billy, ha visto que Carlisle y Edward han regresado de la excursión y va a recelar cuando llegues a casa.
Ya tenía mi historia memorizada y contrastada.
—No me preocupa. Quiero estar allí cuando Jacob despierte.
—Sé que has tenido un día muy largo, y lo siento, pero ahora has de pensar en Charlie. Debe seguir en la ignorancia para estar a salvo, es más importante que nunca. Sé que aún no has empezado a enfrentarte a ello, pero eso no quiere decir que puedas rehuir tus compromisos. Interpreta tu papel primero, Bella, y después podrás hacer lo que quieras. Parte de ser un Cullen consiste en mostrarse meticulosamente responsable.
Era evidente que ella estaba en lo cierto, y si no fuera por esa misma razón, más poderosa que todo mi miedo, mi dolor y mi culpabilidad, Carlisle jamás habría sido capaz de instarme a abandonar a Jacob, estuviera inconsciente o no.
—Vete a casa —me ordenó Alice—. Habla con Charlie. Dale vida a tu coartada. Mámenle a salvo.
Me puse de pie, y la sangre se me bajó de golpe hasta los pies, pinchándome como las puntas de miles de agujas. Había estado allí sentada durante demasiado tiempo.
—Ese vestido te queda precioso —me arrulló Alice.
—¿Eh? Ah. Esto... Gracias otra vez por la ropa —murmuré, más por cortesía que por gratitud real.
—Vas a necesitar una prueba —repuso Alice, con sus ojos abiertos de forma inocente—. ¿Qué es una excursión de compras sin un conjunto nuevo? Es muy favorecedor, aunque esté mal que yo lo diga.
Parpadeé, incapaz de recordar qué ropa me había puesto Alice. No podía controlar mis pensamientos ni evitar que se dispersaran cada pocos minutos, como insectos huyendo de la luz...
—Jacob se encuentra bien, Bella —comentó Alice, intuyendo con facilidad mi preocupación—. No hay prisa. Si piensas en la cantidad de morfina adicional que ha tenido que inyectarle Carlisle, viendo lo rápido que la quema con esa temperatura que tiene, ya te puedes hacer idea de que va a estar fuera de combate durante un rato.
Al menos no sentía dolor alguno. Todavía no.
—¿Hay algo de lo que quieras hablar antes de irte? —me preguntó Alice con simpatía—. Debes de estar más que traumatizada.
La vi venir e intuí qué atizaba su curiosidad, pero yo tenía otras preguntas.
—¿Seré como ella? —quise saber—. ¿Me pareceré a Bree, la neófita del claro?
Necesitaba reflexionar acerca de muchas cosas, pero no lograba olvidar a la neófita cuya vida había acabado de forma tan abrupta. Su rostro, crispado por el deseo de sangre, persistía detrás de mis párpados.
Alice me acarició el brazo.
—Cada uno es distinto, pero guardará cierto parecido —permanecí quieta mientras intentaba imaginarlo—. Se pasa —me prometió.
—¿Cuánto tiempo necesitaré para superarlo?
Ella se encogió de hombros.
—Unos cuantos años, quizá menos. Podría ser diferente en tu caso. No he visto a nadie que lo haya pasado habiéndolo escogido de modo voluntario. Podría ser interesante observar cómo te afecta a ti.
—Interesante —repetí.
—Procuraremos apartarte de los problemas.
—Ya lo sé. Confío en ti —mi voz era mortecina.
Alice arrugó la frente.
—Si te preocupan Carlisle o Edward, te aseguro que ellos estarán bien. Creo que Sam ha empezado a confiar en nosotros... Bueno, al menos en Carlisle. Eso es estupendo, por supuesto. Imagino que la escena se puso algo tensa cuando Carlisle tuvo que arreglar las fracturas...
—Por favor, Alice.
—Lo siento.
Inspiré profundamente para tranquilizarme. Jacob había comenzado a curarse demasiado rápido y algunos de sus huesos se habían unido mal. Él se lo había tomado bastante bien, pero todavía me resultaba difícil pensar en ello.
—Alice, ¿puedo preguntarte una cosa sobre el futuro?
Ella adoptó de repente una actitud cautelosa.
—Ya sabes que no lo veo todo.
—No es eso..., verás, algunas veces tú sí que ves mi futuro. ¿Por qué crees que no surten efecto en mí los poderes de Edward, Jane o Aro?
Mi frase se desvaneció junto con mi nivel de interés. Mi curiosidad en este asunto se estaba debilitando, superada por completo por otras emociones más apremiantes. Alice, sin embargo, encontró la cuestión muy interesante.
—En el caso de Jasper, su don actúa sobre tu cuerpo igual que sobre el de los demás. Ésa es la diferencia, ¿lo ves? La habilidad de Jasper afecta de un modo físico. Realmente te calma o te enerva, no es una ilusión. Y yo tengo visiones de los resultados de las cosas, pero no de las razones y pensamientos que las provocan. Están fuera de la mente, no son una ilusión, tampoco; es la realidad, o al menos una versión de la misma. Pero tanto Jane, como Edward, como Aro o Demetri, todos ellos trabajan dentro de la mente. Jane sólo crea una ilusión de dolor. En realidad, no le hace daño a tu cuerpo, es sólo que tú lo crees así. ¿Lo ves, Bella? Estás a salvo dentro de tu mente, nadie puede llegar hasta allí. No resulta nada raro que Aro sienta tanta curiosidad por tus habilidades futuras.
Observó mi rostro para ver si seguía su argumento lógico. Para ser sincera, me daba la sensación de que sus palabras habían empezado a atrepellarse, y las sílabas y los sonidos habían perdido su significado. No podía concentrarme en ellas. Aun así, asentí. Intenté hacer como si lo hubiera comprendido.
Ella no se dejó engañar. Me acarició la mejilla y murmuró:
—Todo va a salir bien, Bella. No necesito una visión para saber eso. ¿Estás preparada para irte ya?
—Una cosa más. ¿Puedo hacerte otra pregunta sobre el futuro? No quiero nada concreto, sólo un punto de vista general.
—Lo haré lo mejor que pueda —me dijo, vacilante de nuevo.
—¿Todavía me ves convirtiéndome en vampira?
—Ah, eso es fácil. Claro que sí.
Asentí con lentitud.
Examinó mi rostro, sus ojos eran insondables.
—¿No estás segura de tu propia decisión, Bella?
—Sí. Simplemente quería saber si tú lo estabas.
—Yo estoy segura en la medida en que tú lo estés. Ya lo sabes. Si tú cambias de opinión, cambiará lo que yo veo... o desaparecerá, en tu caso.
Suspiré.
—Pero eso no va a ocurrir.
Me abrazó.
—Lo siento. No puedo ponerme en tu lugar. Mi primer recuerdo es el de ver el rostro de Jasper en mi futuro; siempre supe que él era el lugar hacia donde mi vida se dirigía, pero sí puedo intentar comprenderte. Siento muchísimo que tengas que elegir entre dos opciones igual de buenas.
Me sacudí sus brazos de encima.
—No te apenes por mí —había gente que merecía simpatía, pero yo no era una de ellas. Y no había ninguna elección que tomar, lo único que tenía que hacer era romperle a alguien el corazón—. Será mejor que me vaya a ver a Charlie.
Conduje el coche en dirección a casa, donde mi padre me esperaba con un aspecto tan suspicaz como había augurado Alice.
—Hola, Bella. ¿Qué tal ha ido esa excursión de compras? —me saludó cuando entré en la cocina. Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los ojos fijos en mi rostro.
—Muy larga —contesté con aspecto aburrido—. Acabamos de regresar.
Charlie comprobó cuál era mi estado de ánimo.
—Supongo que ya te has enterado de lo de Jake...
—Sí. Los otros Cullen nos dieron la mala noticia. Esme nos dijo dónde estaban Carlisle y Edward.
—¿Te encuentras bien?
—Estoy preocupada por Jake. Quiero ir a La Push en cuanto haga la cena.
—Ya te advertí que esas motos eran peligrosas. Espero que esto te haga comprender que no bromeaba con ese tema.
Asentí mientras empezaba a sacar cosas del frigorífico. Charlie se instaló en la mesa. Parecía de un humor más parlanchín de lo habitual.
—No creo que debas preocuparte mucho por Jake. Alguien que puede soltar esa cantidad de palabrotas con tanta energía, seguro que se recupera.
—¿Estaba despierto cuando le viste? —le pregunté, dándome la vuelta para mirarle.
—Oh, sí, y mucho. Tendrías que haberle escuchado..., bueno, en realidad, mejor que no. Me da la sensación de que le ha oído todo el mundo en La Push. No sé de dónde se ha sacado semejante vocabulario, pero espero que no lo haya empleado en tu presencia.
—Pero hoy su excusa es estupenda. ¿Qué pinta tiene?
—Descompuesto. Lo trajeron sus amigos. Menos mal que son chicos fuertes, porque ese chaval es como un armario. Carlisle le dijo que tenía la pierna derecha rota, y también el brazo derecho. Parece ser que se aplastó todo el lateral del cuerpo al caerse de esa maldita moto —Charlie sacudió la cabeza—. Como me entere yo de que has vuelto a montar en moto, Bella...
—No hay problema, papá, no lo haré. Entonces, ¿crees que Jake está bien?
—Seguro, Bella, no te preocupes. Estaba lo suficientemente dueño de sí mismo como para meterse conmigo.
—¿Meterse contigo? —repetí sobresaltada.
—Así es... entre un insulto a la madre de alguien y que estuvo nombrando a Dios en vano, dijo: «Apuesto a que hoy estás contento de que ella quiera a Cullen en vez de a mí, ¿a que sí, Charlie?».
Me volví hacia el frigorífico para impedir que me viera el rostro.
—Y no puedo discutir eso. Edward es mucho más maduro que Jacob en lo que respecta a tu seguridad, eso tengo que concedérselo.
—Jacob es muy maduro —susurré a la defensiva—. Estoy segura de que no ha sido culpa suya.
—Vaya día más extraño el de hoy —reflexionó mi padre al cabo de un minuto—. Ya sabes, no presto muchos oídos a todas esas supersticiones, pero pasaba algo raro... Era como si Billy supiera que le iba a ocurrir algo malo a Jake. Estuvo nervioso como un pavo el día antes de Nochebuena durante toda la mañana. Me extrañaría que hubiera escuchado ni una palabra de lo que le dije.
»Y después, más sorprendente todavía, ¿te acuerdas cuando en febrero y marzo tuvimos todos aquellos problemas con los lobos?
Me incliné para sacar una sartén del mueble de la cocina y conseguir de ese modo un par de segundos de ventaja.
—Sí —mascullé.
—Pues espero que no volvamos a tener dificultades con eso. Esta mañana, cuando estábamos a bordo del barco, y Billy ni me prestaba atención a mí ni a la pesca, de repente, se escucharon aullidos de lobo en los bosques. Más de uno y, chica, sonaban bien fuerte, como si estuvieran junto al pueblo. Lo más raro de todo es que Billy le dio la vuelta al barco y se dirigió derechito al puerto como si le estuvieran llamando a él personalmente. Ni me escuchó siquiera cuando le pregunté qué estaba haciendo.
»Los sonidos cesaron apenas hubimos amarrado, pero esta vez le dio una perra a Billy con lo de no perderse el partido, aunque todavía quedaban horas... Estaba murmurando algo sin sentido de un pase previo... ¿Cómo iban a echar un pase en diferido de un partido en vivo? Ya te digo, Bella, de lo más extraño.
»Bueno, pues cuando llegamos estaban poniendo otro partido que según dijo deseaba ver... pero poco después pareció perder el interés y se pasó todo el rato colgado del teléfono, llamando a Sue, a Emily, y al abuelo de tu amigo Quil. Y no es que se interesara por algo en concreto, se limitó a mantener con ellos una charla de lo más banal.
»Y otra vez comenzaron los aullidos justo fuera de la casa. No había oído en mi vida nada igual... Se me puso la carne de gallina. Le pregunté a Billy, y tuve que gritarle por encima de todo ese ruido, si había puesto trampas en el patio, porque parecía como si el animal estuviera sufriendo mucho.
Hice un gesto de dolor, pero Charlie estaba tan metido en su historia que no se dio cuenta.
—Y claro, a mí se me había olvidado todo esto hasta ahora mismo, porque en ese momento fue cuando llegó Jake. Un minuto antes, los aullidos te ensordecían, hasta el punto de no poder oír ninguna otra cosa y, de pronto, sólo se oían las maldiciones de Jake que los ahogaron bien rápido. Menudo par de pulmones tiene ese chico —Charlie enmudeció un momento con gesto pensativo—. Lo divertido del asunto es que, después de todo, es posible que salga algo positivo de este jaleo. No creí que alguna vez superarían ese absurdo prejuicio que tienen allí contra los Cullen, pero a alguien se le ocurrió llamar a Carlisle y Billy se mostró de lo más agradecido cuando apareció. Pensé que habría que llevar a Jake al hospital, pero Billy prefería tenerlo en casa y Carlisle estuvo de acuerdo. Supongo que él sabe lo que es mejor. Muy generoso por su parte ofrecerse para hacer visitas domiciliarias a un sitio tan lejano.
»Y Edward estuvo realmente encantador... —efectuó una pausa, como si no le apeteciera decir algo. Suspiró y después continuó—. Parecía tan preocupado por Jake como tú... Como si fuera uno de sus hermanos el que estuviera allí tirado. Tenía una mirada... —Charlie sacudió la cabeza—. Es un chico decente, Bella. Intentaré acordarme, aunque, de todos modos, tampoco te prometo nada —me sonrió.
—No te lo recordaré —susurré.
Charlie estiró las piernas y gruñó.
—Es estupendo volver al hogar. No te puedes hacer idea de lo atestada de gente que se puso la casita de Billy. Se presentaron allí los siete amigos de Jake, todos comprimidos en esa pequeña habitación de la entrada... Apenas se podía respirar. ¿Te has fijado alguna vez en lo grandes que son todos esos chicos quileute?
—Sí, claro.
Charlie me miró; de pronto, parecía más interesado.
—La verdad, Bella, es que Carlisle aseguró que Jake estará en pie y dando vueltas por ahí en poco tiempo. También dijo que parecía peor de lo que era en realidad. Va a ponerse bien.
Me limité a asentir.
Había visitado a Jacob tan pronto como Charlie se marchó de casa de Billy. Tenía un aspecto de extraña indefensión. Había cabestrillos por todas partes, ya que Carlisle juzgaba innecesario enyesarle ante la rapidez con la que se estaba recuperando. Tenía el rostro pálido y demacrado, profundamente inconsciente como estaba en ese momento. Frágil. A pesar de lo grande que era, en ese momento me pareció muy frágil. Quizá había sido producto de mi imaginación, al sumarle la idea de que tenía que romper con él.
Ojalá me cayera un rayo y me partiera en dos, y a ser posible de forma dolorosa. Por primera vez, el dejar de ser humana se me presentaba como un verdadero sacrificio, como si fuera excesivo lo que iba a perder.
Deposité el plato junto al codo de mi padre y, tras servirle la cena, me dirigí hacia la puerta.
—Esto... Bella, ¿puedes esperar un segundo?
—¿Se me ha olvidado algo? —pregunté mirando su plato,
—No, no. Es sólo que quería pedirte un favor —Charlie frunció el ceño y miró al suelo—. Siéntate, aunque no me llevará mucho.
Me acomodé a su lado, algo confundida. Intenté concentrarme.
—¿Qué es lo que necesitas, papá?
—Pues, éste es el quid de la cuestión, Bella... —Charlie enrojeció—. Quizás es que hoy me siento un poco supersticioso después de haber andado por ahí con Billy, con lo raro que estaba..., pero tengo un presentimiento. Es como si... fuera a perderte pronto.
—No seas tonto, papá —musité con cierta culpabilidad—. Tú quieres que continúe los estudios, ¿no?
—Sólo prométeme una cosa.
Me mostré vacilante, preparada para echarme atrás.
—Bueno...
—¿Me avisarás antes de tomar alguna decisión definitiva? ¿Antes de que te escapes con él o algo así?
—Papá... —me lamenté.
—Hablo en serio. No te montaré un número, pero avísame con alguna antelación. Dame la oportunidad de abrazarte y decirte adiós.
Me achanté en mi fuero interno, pero levanté la mano.
—Esto es una tontería, pero te lo prometo si eso te hace feliz.
—Gracias, Bella —me dijo—. Te quiero, chiquilla.
—Yo también te quiero, papá —le toqué el hombro y después me retiré de la mesa—. Si necesitas algo, estaré en casa de Billy.
No miré atrás cuando corrí hacia fuera. Esto era perfecto, justo lo que necesitaba en esos momentos. Fui refunfuñando para mis adentros todo el camino hasta La Push.
El Mercedes negro de Carlisle no estaba aparcado frente a la casa de Billy. Eso era bueno y malo. Obviamente, necesitaba hablar con Jacob a solas, pero al mismo tiempo me hubiera gustado poder aferrarme a la mano de Edward, como había hecho antes, mientras Jacob estaba inconsciente. Algo imposible. De todos modos, echaba de menos a Edward, y la tarde a solas con Alice se me había hecho muy larga. Supongo que eso hacía que mi respuesta resultara evidente. Ya tenía claro que no podía vivir sin Edward, pero ese hecho no haría que lo que me esperaba fuera menos doloroso.
Llamé a la puerta principal con suavidad.
—Entra, Bella —contestó Billy. El rugido de mi coche era fácil de reconocer.
Entré.
—Hola, Billy. ¿Está despierto? —le pregunté.
—Recuperó el sentido hace una media hora, justo antes de que se fuera el doctor. Entra. Creo que te está esperando.
Me estremecí y después inspiré profundamente.
—Gracias.
Dudé ante la puerta de la habitación de Jacob, ya que no estaba segura de si debía llamar. Decidí echar primero una ojeada, deseando, tan cobarde como era, que se hubiera vuelto a dormir. Me sentía como si nada más me quedaran unos cuantos minutos a mi disposición.
Abrí un resquicio la puerta y me apoyé en ella, vacilante.
Jacob me esperaba con el rostro tranquilo y sereno. Ya no tenía ese aspecto ojeroso y demacrado, y en su lugar sólo mostraba una cierta palidez. No había el menor asomo de alegría en sus ojos sombríos.
Se me hacía duro mirarle a la cara sabiendo que le amaba. Era algo que cambiaba mucho las cosas, más de lo que yo pensaba. Me pregunté si también había sido así de duro para él durante todo el tiempo.
Por suerte, alguien le había cubierto con una colcha. Era un alivio no tener que contemplar la extensión de los daños.
Entré y cerré la puerta poco a poco a mis espaldas.
—Hola, Jake —murmuré.
No me contestó al principio. Me miró a la cara durante un buen rato. Entonces, haciendo un pequeño esfuerzo, transformó su expresión en una sonrisa ligera y burlona.
—Sí, había pensado que pasaría algo así —suspiró—. Hoy las cosas han ido decididamente a peor. Primero, me equivoco de sitio y me pierdo la mejor parte de la lucha, con lo que Seth se lleva toda la gloria. Luego, Leah se pone a hacer el idiota para demostrar que es tan dura como todos los demás y yo tengo que ser el imbécil que la salve. Y ahora esto —sacudió su mano izquierda hacia mí, que seguía al lado de la puerta, aún indecisa.
—¿Qué tal te sientes? —cuchicheé. Vaya pregunta estúpida.
—Un poquito espachurrado. El doctor Colmillos no estaba seguro de la dosis de sedante que iba a necesitar y ha seguido el método del ensayo y el error. Me da que se le ha ido la mano.
—Pero no te duele.
—No. Al menos no siento las heridas.
Sonrió, de forma burlona otra vez.
Me mordí el labio. En la vida iba a ser capaz de pasar por esto. ¿Por qué ahora que quería morirme nadie venía a matarme ni a intentarlo siquiera?
La ironía abandonó su rostro y sus ojos se llenaron de calidez. Arrugó la frente, como si estuviera preocupado.
—¿Y qué tal estás tú? —me preguntó, y sonó en verdad interesado—. ¿Te encuentras bien?
—¡¿Yo?! —le miré fijamente. Quizás era verdad que le habían administrado demasiadas drogas—. ¿Por qué?
—Bueno, suponía, o más bien tenía bastante claro que, en realidad, no te iba a hacer daño, pero no estaba muy seguro de si pasarías un mal trago. Me he estado volviendo loco de preocupación por ti desde que me desperté. No sabía siquiera si te dejaría o no visitarme. Era una incertidumbre terrible. ¿Qué tal fue? ¿Se ha portado mal contigo? Lo siento si ha ido muy mal. No quería que tuvieras que pasar por todo esto tú sola. Estaba pensando que si hubiera estado allí...
Me llevó un minuto entender adonde pretendía ir a parar. Continuó parloteando, y parecía cada vez más incómodo, hasta que me di cuenta de lo que estaba diciendo. Entonces, me apresuré a corregirle.
—¡No, no, Jake! Estoy bien; en realidad, más que bien. Claro que no se portó mal. ¡Ya me hubiera gustado!
Sus ojos se dilataron en lo que parecía algo cercano al horror.
—¿Qué?
—Ni siquiera se enfadó conmigo, ¡ni contigo! Es tan poco egoísta que incluso me hizo sentirme peor. Hubiera deseado que me gritara o algo así. Y no es que no me lo mereciera. En fin, que fue mucho peor que si me hubiera gritado, pero a él no le importa. Sólo quiere que yo sea feliz.
—¿Y no se ha vuelto loco? —me preguntó Jacob, incrédulo.
—No. Es... demasiado bueno.
Jacob me miró con fijeza durante otro minuto y entonces, de repente, torció el gesto.
—¡Bueno, maldita sea! —gruñó.
—¿Qué es lo que va mal, Jake? ¿Te duele algo? —mis manos se movieron de un lado a otro inútilmente, mientras buscaba su medicación.
—No —refunfuñó en tono disgustado—. ¡Es que no me lo puedo creer! ¿No te dio un ultimátum ni nada parecido?
—Nada de nada..., pero ¿qué es lo que te pasa?
Frunció el ceño y sacudió la cabeza.
—Contaba con otra clase de reacción. Maldito sea. Es mejor de lo que pensaba.
La forma en que lo dijo, aunque sonara más enfadado, me recordó al modo en que Edward había hablado sobre la falta de ética de Jacob, aquella misma mañana, en la tienda. Lo que significaba que Jake seguía conservando la esperanza, seguía luchando. Me estremecí cuando esa certeza se me clavó en lo más hondo.
—No está jugando a ningún juego, Jake —repuse con calma.
—Apuesto a que sí. Juega cada punto tan duro como yo, sólo que él sabe lo que se trae entre manos, y yo no. No me culpes por ser peor manipulador que él, no he tenido tanto tiempo para aprenderme todas las triquiñuelas.
—¡Él no me está manipulando!
—¡Sí que lo hace! ¿Cuándo vas a abrir los ojos y te vas a dar cuenta de que no es tan perfecto como crees?
—Al menos, no me amenazó con hacerse matar para conseguir que le besara —le contesté con brusquedad. Tan pronto como se me escaparon las palabras, enrojecí disgustada—. Espera. Haz como si no hubiera dicho nada. Me juré a mí misma que no iba a mencionar ese tema.
Él inspiró con fuerza. Cuando habló, sonaba más tranquilo.
—¿Por qué no?
—Porque no he venido aquí para culparte de nada.
—Sin embargo, es verdad —comentó con indiferencia—. Eso fue lo que hice.
—No te preocupes, Jake. No me he enfadado.
Sonrió.
—En realidad, no me preocupa. Ya sabía que me perdonarías y estoy contento de haberlo hecho. Y lo haría otra vez. Al menos me quedará eso. Y al menos he conseguido que te des cuenta de que me amas. Eso ya tiene su importancia.
—¿Ah, sí? ¿Es mejor que si yo aún no lo supiera?
—¿No crees que deberías conocer tus sentimientos antes de que te sorprendan algún día, cuando sea demasiado tarde y te hayas convertido en una vampira casada?
Negué con la cabeza.
—No, no me refería a lo mejor para mí, sino a lo mejor para ti. ¿En qué te facilitaría las cosas saber que estoy enamorada de ti si de todos modos no iba a suponer diferencia alguna? ¿No te resultaría más fácil si no tuvieras ni idea?
Se tomó la pregunta con la seriedad que yo pretendía y sopesó con cuidado la contestación antes de responder.
—Es preferible saberlo —decidió finalmente—. Por si no te lo habías imaginado, siempre me pregunté si tu decisión hubiera sido diferente en el caso de que supieras que me querías. Ahora lo sé. Hice cuanto estuvo en mi mano.
Se sumió en una respiración agitada y cerró los ojos.
Esta vez, no supe ni quise resistirme al impulso de consolarle. Crucé la pequeña habitación y me arrodillé en el suelo a la altura de su cabeza, sin atreverme a tomar asiento en la cama por temor a moverla y provocarle algún dolor. Me incliné hasta tocarle la mejilla con mi frente.
Jacob suspiró, me pasó la mano por los cabellos y me mantuvo allí.
—Cuánto lo siento, Jake.
—Siempre fui consciente de que había pocas posibilidades. No es culpa tuya, Bella.
—Tú también, no, por favor —gemí.
Se retrepó un poco para mirarme.
—¿Qué?
—Es culpa mía, y estoy hasta las narices de que todos me digáis lo contrario.
Esbozó una sonrisa, pero la alegría no le llegó a los ojos.
—¿Qué? ¿Me quieres echar a los leones?
—En este momento, creo que sí.
Frunció los labios, como si ponderase hasta qué punto era así. Una sonrisa recorrió su rostro durante unos instantes y luego crispó la expresión en un gesto de pocos amigos.
—Es imperdonable que me devolvieras el beso de esa manera —me echó en cara—. Si lo único que pretendías era que regresara, quizá no deberías haberte mostrado tan convincente.
—Lo siento tanto... —susurré mientras asentía con la cabeza y mostraba una mueca de dolor.
—Deberías haberme dicho que me largara, que muriera. Eso es lo que querías.
—No, Jacob —gimoteé mientras intentaba reprimir las lágrimas—. ¡No! ¡Jamás!
—¿No te habrás puesto a llorar? —inquirió con una voz que había recuperado su tono habitual.
Se retorció con impaciencia en la cama.
—Sí —murmuré, y me eché a reír sin apenas fuerza, por lo que mis lágrimas se convirtieron en sollozos.
Osciló su peso sobre el lecho y bajó la pierna buena de la cama como si pretendiera ponerse en pie.
—¿Qué diablos haces? —pregunté mientras me sobreponía a los sollozos—. Túmbate, idiota, vas a hacerte daño.
Me levanté y empujé hacia abajo su hombro con ambas manos.
Tras rendirse, se reclinó con un jadeo de dolor, pero me agarró por la cintura y me atrajo hacia el lecho, junto a su costado sano. Me repantigué allí mientras intentaba sofocar aquel estúpido llanto sobre su piel caliente.
—No puedo creerme que estés llorando —farfulló—. Sabes que he dicho lo que he dicho porque tú querías, no es lo que pienso en realidad —me acarició los hombros con la mano.
—Lo sé —inspiré hondo de forma entrecortada mientras intentaba controlarme. ¿Cómo me las arreglaba para ser siempre yo la que llorara y él quien me consolara?—. Aun así, sigue siendo cierto. Gracias por decirlo en voz alta.
—¿Sumo puntos por hacerte llorar?
—Claro, Jake —intenté sonreír—. Los que quieras.
—No te preocupes, cielo. Todo va a solucionarse.
—Pues no veo cómo —musité.
Me dio unas palmadas en la coronilla.
—Me voy a rendir, y seré bueno.
—¿Qué? ¿Más jueguecitos? —le pregunté; ladeé la mejilla para verle el rostro.
—Quizá —necesitó de un pequeño esfuerzo para poder reírse, y luego hizo un gesto de dolor—. Pero lo voy a intentar.
Torcí el gesto.
—No seas tan pesimista —se quejó—. Dame un poco de crédito.
—¿A qué te refieres con «seré bueno»?
—Seré tu amigo, Bella —contestó en voz baja—. No voy a pedirte nada más.
—Creo que es demasiado tarde para eso, Jake. ¿Cómo vamos a ser amigos cuando nos amamos el uno al otro de este modo?
Miró al techo. Mantuvo la vista fija, como si estuviera leyendo algo en él.
—Quizá podamos mantener una amistad a cierta distancia.
Apreté los dientes, alegre de que no me estuviera mirando a la cara mientras intentaba controlar los sollozos que amenazaban con superarme. Debía ser fuerte y no tenía ni idea de cómo hacerlo...
—¿Conoces esa historia de la Biblia del rey y de las mujeres que se disputaban a un niño? —preguntó de pronto, como si continuara leyendo en el techo blanco.
—Claro, era el rey Salomón.
—Eso es, el rey Salomón —repitió—, y él habló de cortar en dos al bebé, pero era sólo una prueba para saber a quién debía confiar su custodia.
—Sí, me acuerdo.
Volvió a mirarme.
—No estoy dispuesto a dividirte en dos de nuevo, Bella.
Comprendí a qué se refería. Me estaba diciendo que él era quien más me amaba de los dos, y que su rendición lo demostraba. Quise defender a Edward y decirle que él haría lo mismo si yo lo deseara, si yo se lo permitiera. Era yo quien no renunciaba a mi objetivo, pero no tenía sentido iniciar un debate que sólo iba a herirle más.
Cerré los ojos, dispuesta a controlar el dolor para que Jake no cargara con él.
Permanecimos callados durante un momento. El parecía esperar a que yo dijera algo y yo me devanaba los sesos para que se me ocurriera qué decir.
—¿Puedo decirte cuál es la peor parte? —preguntó, vacilante, al ver que yo no abría la boca—. ¿Te importa? Voy a ser bueno.
—¿Va a servir de algo? —susurré.
—Quizá, y no hará daño.
—En tal caso, ¿qué es lo peor?
—Lo peor de todo es saber que habría funcionado.
—Que quizá habría funcionado.
Suspiré.
—No —meneó la cabeza—. Estoy hecho a tu medida, Bella. Lo nuestro habría funcionado sin esfuerzo, hubiera sido tan fácil como respirar. Yo era el sendero natural por el que habría discurrido tu vida... —miró al vacío durante unos instantes y esperó—. Si el mundo fuera como debiera, si no hubiera monstruos ni magia...
Entendía su punto de vista y sabía que tenía razón. Jacob y yo habríamos terminado juntos si el mundo fuera el lugar cuerdo que se suponía que debía ser. Habríamos sido felices. El era mi alma gemela en aquel mundo, y lo hubiera seguido siendo si no se hubiera visto ensombrecido por algo más fuerte, algo demasiado fuerte que jamás habría existido en un mundo racional.
¿Habría algo así también para Jacob? ¿Algo que se impusiera a un alma gemela? Necesitaba creer que así era.
Dos futuros y dos almas gemelas, demasiado para una sola persona, y tan injusto que no iba a ser yo la única que pagara por ello.
El tormento de Jacob parecía un alto precio. Me arrugué al pensar en ese precio. Me pregunté si no habría vacilado de no haber perdido ya a Edward en una ocasión y no haber sabido cómo era la vida sin él. No estaba segura, pero parecía que ese conocimiento formaba ya parte de la esencia de mi ser, no podía imaginar cómo me sentiría sin ello.
—Él es como una droga para ti —Jake habló con voz pausada y amable, sin atisbo de crítica—. Ahora veo que no eres capaz de vivir sin él. Es demasiado tarde, pero yo hubiera sido más saludable para ti, nada de drogas, sino el aire, el sol.
Las comisuras de mis labios se alzaron cuando esbocé una media sonrisa.
—Acostumbraba a pensar en ti de ese modo, ya sabes, como el sol, mi propio sol. Tu luz compensaba sobradamente mis sombras.
El suspiró.
—Soy capaz de manejar las sombras, pero no de luchar contra un eclipse.
Le toqué el rostro. Extendí la mano sobre su mejilla. Suspiró al sentir mi roce y cerró los ojos. Permaneció muy quieto. Durante un minuto pude escuchar el golpeteo lento y rítmico de su corazón.
—Dime, ¿cuál es la peor parte para ti? —susurró.
—Dudo que mencionarlo sea una buena idea.
—Por favor.
—Creo que no haría más que daño.
—Por favor.
¿Cómo podía negarle algo llegados a aquel extremo?
—La peor parte... —vacilé, y dejé que las palabras brotaran en un torrente de verdad—. La peor parte es que lo vi todo, vi nuestras vidas, y las quise con desesperación, lo quise todo, Jake. Deseaba quedarme aquí y no moverme. Deseaba amarte y hacerte feliz, pero no puedo, y eso me está matando. Es como Sam y Emily, Jake, jamás tuve elección. Siempre supe que las cosas no iban a cambiar. Quizá sea por esa razón por lo que he luchado contra ti con tanto ahínco.
Jacob parecía concentrado en seguir respirando con regularidad.
—Sabía que no debía decírtelo.
El sacudió la cabeza despacio.
—No, me alegra que lo hicieras. Gracias —me besó en la coronilla y suspiró—. Ahora, seré bueno.
Alcé los ojos. Jake sonreía.
—Así que ahora vas a casarte, ¿no?
—No tenemos por qué hablar de eso.
—Me gustaría conocer algunos detalles. No sé cuándo volveré a verte de nuevo.
Tuve que esperar casi un minuto antes de recuperar el habla. Respondí a su pregunta cuando estuve casi segura de que no iba a fallarme la voz.
—En realidad, no es idea mía, pero sí, me voy a casar. Supongo que significa mucho para él. ¿Por qué no?
Jacob asintió.
—Es cierto. No parece gran cosa... en comparación.
Su voz era tranquila, la voz de alguien realista. Le observé fijamente, sintiendo curiosidad por saber cómo se las estaba arreglando, y lo estropeé. Sus ojos se encontraron con los míos durante unos segundos y luego giró la cabeza para desviar la mirada. No hablé hasta que se sosegó su respiración.
—Sí. En comparación —admití.
—¿Cuánto tiempo te queda?
—Eso depende de cuánto le lleve a Alice organizar la boda —contuve un gemido al imaginar lo que ella podría montar.
—¿Antes o después? —inquirió con voz suave.
Supe a qué se refería.
—Antes.
Él asintió. Debió de suponer un alivio para él. Me pregunté cuántas noches le habría dejado sin dormir la idea de mi graduación.
—¿Estás asustada? —musitó.
—Sí —repliqué, también en un susurro.
—¿De qué tienes miedo?
Ahora, apenas podía oír su voz. Mantuvo la vista fija en mis manos.
—A un porrón de cosas —me esforcé en que mi voz sonara más desenfadada, pero no me aparté de la verdad—. Nunca he tenido una vena masoquista, por lo que no voy en busca del dolor. Y me gustaría que hubiera alguna forma de evitar que Edward estuviera conmigo para que no sufriera, pero dudo que la haya. Hay que tener en cuenta también el tema de Charlie y Renée, y luego, mucho después, espero que sea capaz de controlarme pronto. Quizá sea una amenaza tal que la manada deba quitarme de la circulación.
El alzó los ojos con expresión de reproche.
—Le cortaré el tendón a cualquiera de mis hermanos que lo intente.
—Gracias.
Sonrió con poco entusiasmo y luego torció el gesto.
—Pero ¿no es más peligroso que eso? Todas las historias aseguran que resulta demasiado duro... Ellos podrían perder el control. .. Algunas personas mueren.
Tragó saliva.
—No, eso no me asusta, Jacob, tontorrón. ¿Acaso no sabes muy bien que no hay que creer en las historias de vampiros? —obviamente, no le vio la gracia al chiste—. Bueno, de todos modos, hay un montón de cosas por las que preocuparse, pero casi todas están al final.
Asintió a regañadientes, y supe que en eso no había forma de que estuviéramos de acuerdo.
Estiré el cuello para susurrarle al oído mientras mi mejilla rozaba su piel ardiente.
—Sabes que te quiero.
—Lo sé —musitó él mientras me sujetaba al instante por la cintura—. Y tú sabes cuánto me gustaría que eso fuera suficiente.
—Sí.
—Siempre estaré esperándote entre bastidores, Bella —me prometió mientras alegraba el tono de voz y aflojaba su abrazo. Me alejé con una sorda y profunda sensación de pérdida, tuve la desgarradora certeza de que dejaba atrás una parte de mí, que se quedaba ahí, en la cama, a su lado—. Siempre vas a tener un recambio si algún día lo quieres.
Hice un esfuerzo por sonreír.
—Hasta que mi corazón deje de latir.
Me devolvió la sonrisa.
—Bueno, quizá luego pueda aceptarte... Quizá... Supongo que eso depende de lo mal que huelas.
—¿Regreso a verte o prefieres que no lo haga?
—Lo consideraré y te responderé —contestó—. Quizá necesite compañía para no perder la chaveta. El excepcional cirujano vampiro me dice que no debo cambiar de fase hasta que me dé el alta... De lo contrario podría alterar la forma en que me ha fijado los huesos.
Jacob hizo una mueca.
—Pórtate bien y haz lo que te ordene Carlisle. Te recuperarás más deprisa.
—Vale, vale.
—Me pregunto cuándo sucederá —mencioné—, cuándo te fijarás en la chica adecuada.
—No te hagas ilusiones, Bella —de pronto, la voz de Jacob se tornó acida—. Aunque estoy seguro de que sería un alivio para ti.
—Tal vez sí, tal vez no. Lo más probable es que no la considere lo bastante buena para ti. Me pregunto si me pondré muy celosa.
—Esa parte podría ser divertida —admitió. .
—Hazme saber si quieres que vuelva y aquí estaré —le prometí.
Volvió su mejilla hacia mí con un suspiro. Me incliné y le besé suavemente en el rostro.
—Te quiero, Jacob.
El rió despreocupado.
—Y yo más.
Me observó salir de su habitación con una expresión inescrutable en sus ojos negros.
martes, 2 de febrero de 2010
Espejo
Abrí unos ojos como platos a causa de la sorpresa, pero logré desviarlos para no examinar de cerca el objeto ovalado envuelto en zarcillos de cabellos revueltos.
Edward se puso en acción otra vez. Desmembró el cadáver decapitado con rapidez y fría eficacia.
No pude acercarme a él... Los pies no me respondían, parecía que los tenía atornillados a la roca de debajo, pero escudriñé todos y cada uno de sus movimientos en busca de alguna posible herida. El pulso se redujo a un ritmo normal una vez que me aseguré de que no estaba herido. Se movía con la agilidad de costumbre. Ni siquiera vi un rasguño en sus ropas.
No dirigió la mirada hacia la pared del acantilado, donde todavía permanecía petrificada de espanto mientras apilaba los miembros aún temblorosos y palpitantes; luego, los cubrió con pinaza. Sus ojos rehusaron encontrarse con los míos, atónitos, cuando se lanzó como una flecha en pos de Seth.
No había dispuesto de tiempo para recobrarme cuando los dos estuvieron de vuelta. Edward regresó con los brazos llenos con restos de Riley mientras Seth llevaba en la boca un gran trozo —el torso—. Volcaron su carga en el montón. Edward extrajo un objeto rectangular del bolsillo. Abrió el encendedor plateado de butano y aplicó la llama a la yesca seca. Prendió de inmediato y enseguida grandes lenguas de fuego anaranjadas se extendieron por la pira.
Edward llevó a Seth a un aparte y en un murmullo le pidió:
—Reúne hasta el último trozo.
El vampiro y el hombre lobo peinaron todo el campamento. De vez en cuando lanzaban trocitos de roca blanca a las llamas. Seth manejaba los trozos con los dientes. La mente no me funcionaba muy allá y era incapaz de comprender por qué no se transformaba en hombre para usar las manos.
El vampiro no apartó los ojos de su tarea.
Después de que terminaran, el fuego furioso envió al cielo una asfixiante fumarada púrpura. La densa columna de humo se enroscó despacio, aparentando una mayor consistencia. Al arder, olía como el incienso, pero luego dejaba un aroma desagradable, ya que era espeso y demasiado fuerte.
Seth volvió a proferir desde el fondo del pecho aquel sonido guasón.
Una sonrisa recorrió el tenso rostro de Edward, que estiró el brazo y cerró la mano en un puño. Seth sonrió, exhibiendo una larga hilera de dientes como cuchillas, y tocó el puño de Edward con el hocico.
—Ha sido un espléndido trabajo de equipo —murmuró Edward.
Seth soltó una risotada.
Luego, Edward respiró hondo y se volvió con lentitud para hacerme frente.
Yo no comprendía su expresión. Actuaba con la misma cautela que si yo fuera otro enemigo, más que cautela, en sus ojos leía el miedo. Él no había mostrado miedo alguno cuando se había enfrentado a Victoria y a Riley... Tenía la mente tan embotada e inútil como mi cuerpo. Le miré desconcertada.
—Bella, cariño —dijo con su voz más suave mientras caminaba hacia mí exageradamente despacio. Llevaba las manos en alto y las palmas hacia delante. Atontada como me encontraba, me recordaba a la aproximación de un sospechoso a un policía para demostrarle que no iba armado—. Bella, ¿puedes soltar la piedra, por favor? Con cuidado. No vayas a hacerte daño.
Me había olvidado por completo del arma tan tosca que empuñaba. Entonces me percaté de que el dolor de los nudillos obedecía a la fuerza con que la aferraba. ¿Me los habría vuelto a romper? Esta vez, Carlisle me iba a enyesar la mano para asegurarse de que le obedecía.
Edward se quedó a medio metro de mí, con las manos en el aire y los ojos llenos de miedo.
Necesité de muy pocos segundos para acordarme de mover los dedos. Luego, solté la piedra, que hizo ruido al caer al suelo, y mantuve la mano inmóvil en esa misma posición.
El se relajó un poco cuando me vio con las palmas vacías, pero no se acercó más.
—No te asustes, Bella —murmuró—. Estás a salvo, no voy a hacerte daño.
La desconcertante promesa sólo consiguió confundirme aún más. Le miré con fijeza, como si fuera tonta, intentando comprenderle.
—Todo va a ir bien, Bella. Sé que tienes miedo, pero la lucha ha terminado. Nadie va a hacerte daño. No voy a tocarte. No voy a lastimarte —repitió.
Parpadeé con rabia y recuperé mi voz.
—¿Por qué repites eso como un loro? —di un paso hacia él, que retrocedió ante mi avance—. ¿Qué pasa? —pregunté en voz baja—. ¿A qué te refieres?
—Tú no... —sus ojos dorados reflejaron una confusión similar a la mía—. ¿No me tienes miedo?
—¿A ti? ¿Por qué...?
Me tambaleé al dar otro paso y tropecé, lo más probable era que con mis propios pies, pero Edward me tomó en brazos. Hundí el rostro en su pecho y comencé a sollozar.
—Bella, Bella, cuánto lo lamento. Ha terminado, ha terminado.
—Estoy bien —respondí entre jadeos—. Me encuentro perfectamente, pero estoy alucinada. Dame un minuto.
Me sujetó con más fuerza.
—Cuánto lo siento —repetía una y otra vez.
Me aferré a él hasta que fui capaz de respirar y luego le besé en el pecho, los hombros y el cuello, en cualquier parte de su anatomía a la que era capaz de llegar. Poco a poco, comencé a razonar de nuevo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté entre uno y otro beso—. ¿Te hirió Victoria?
—Estoy muy bien —me prometió mientras enterraba el rostro entre mis cabellos.
—¿Y Seth?
Edward rió entre dientes.
—Está más que bien, de hecho, está muy orgulloso de sí mismo.
—¿Y los demás? ¿Y Alice? ¿Y Esme? ¿Y los lobos?
—Todos están sanos y salvos. El asunto también ha terminado para ellos. Todo ha ido como la seda, tal y como te prometí. La peor parte la hemos soportado nosotros.
Me concedí un instante para asimilarlo, asumirlo y dejarlo asentado de forma definitiva. Mi familia y mis amigos estaban a salvo. Victoria jamás volvería a intentar darme caza.
Se había acabado.
Todos íbamos a estar bien, pero seguía tan confusa que no era capaz de aceptar las buenas noticias.
—Dime por qué pensabas que te iba a tener miedo —insistí.
—Lo siento —repitió, disculpándose una vez más. ¿A santo de qué pedía perdón? No tenía ni idea—. Lo lamento. No quería que fueras testigo de aquello ni que me vieras a mí de esa guisa. Seguro que te he asustado.
Dediqué un minuto a darle vueltas a todo aquello, a la vacilación con que se había acercado, las manos suspendidas en el aire, como si yo estuviera a punto de echar a correr si él se movía demasiado deprisa...
—¿Lo dices en serio? —pregunté al fin—. Tú... ¿qué? ¿Te crees que me has asustado? —bufé. El bufido fue estupendo. Una voz no tiembla ni se quiebra cuando bufas. Sonó con una admirable brusquedad.
Tomó mi mentón entre los dedos y ladeó mi rostro para poderlo examinar a gusto.
—Bella... yo... acabo... —vaciló, pero luego hizo un esfuerzo para que le salieran las palabras— acabo de decapitar y desmembrar a una criatura a menos de veinte metros de ti. ¿Acaso no te ha «inquietado»?
Me puso mala cara.
Yo me encogí de hombros. El encogimiento de hombros también era algo estupendo. Muy... displicente.
—Lo cierto es que no. Sólo temía que Seth o tú resultarais heridos. Quería echar una mano, pero no había mucho que yo pudiera hacer...
Mi voz se apagó al ver sus facciones lívidas de repente.
—Sí —dijo con tono cortado—, el truquito de la piedra... ¿Sabes lo cerca que estuve de sufrir un patatús? No era precisamente una forma de facilitar las cosas.
Su mirada fulminante me dificultaba la respuesta.
—Quería ayudar, y Seth estaba herido...
—No lo estaba, Seth sólo fingía, Bella. Era una treta, y entonces tú... —sacudió la cabeza, incapaz de terminar la frase—. Seth no veía lo que hacías, por lo que tuve que tomar cartas en el asunto. Ahora está un poco contrariado por no poder reclamar una victoria en solitario.
—Seth... ¿fingía? —Edward asintió con severidad—. Vaya.
Ambos mirábamos a Seth, que nos ignoraba y contemplaba las llamas con una actitud de estudiada indiferencia. Rebosaba arrogancia en cada pelo de la pelambrera.
—¡Y yo qué sabía! —repuse, ahora a la defensiva—. No es fácil ser la única persona indefensa de por aquí. ¡Espera a que sea vampiro y verás! La próxima vez no me voy a quedar sentada para mirar desde la banda.
Una docena de sentimientos enfrentados revolotearon en su rostro antes de que mi ocurrencia le hiciera gracia.
—¿La próxima vez? ¿Prevés que va a haber otra guerra pronto?
—¿Con la suerte que yo tengo? ¿Quién sabe?
Puso los ojos en blanco, pero advertí que estaba un poco ido. Los dos nos sentíamos mareados de puro alivio. Aquello había acabado.
¿O no?
—Espera, ¿no dijiste algo antes? —me estremecí al recordar exactamente lo que había sucedido «antes». ¿Qué iba a contarle ahora a Jacob? Un dolor punzante traspasaba mi corazón, dividido con cada latido. Resultaba difícil de creer, casi imposible, pero todavía no había dejado atrás la parte más dura de ese día—. ¿A qué te referías cuando hablaste de «una pequeña complicación»? Y Alice, que había de concretar el esquema para Sam... Dijiste que le iba a andar cerca. ¿El qué?
Los ojos de Edward volaron al encuentro de los de Seth. Los dos intercambiaron una mirada cargada de significado.
—¿Y bien? —exigí saber.
—No es nada, de veras —se apresuró a decir—, pero tenemos que ponernos en marcha...
Hizo ademán de ponerme sobre sus espaldas, pero me envaré y retrocedí.
—Define «nada».
Edward tomó mi rostro entre las manos.
—Sólo tenemos un minuto, así que no te asustes, ¿vale? Insisto, no hay razón para tener miedo. Confía en mí esta vez, por favor.
Asentí en un intento de ocultar el terror que me había entrado de pronto. ¿Cuánto más era capaz de soportar antes de desmoronarme?
—No hay razón para el miedo, lo pillo.
Frunció los labios durante unos instantes mientras decidía qué contestar y luego lanzó una repentina mirada a Seth, como si éste le hubiera llamado.
—¿Y qué hace ella? —inquirió.
El lobo profirió un aullido lleno de ansiedad y preocupación que me erizó el vello de la nuca. Reinó un silencio sepulcral durante un segundo interminable. Luego, Edward dio un grito ahogado:
—¡No...!
Una de sus manos salió volando en pos de algo invisible.
—¡No!
Un espasmo sacudió el cuerpo de Seth, que lanzó un desgarrador aullido de agonía con toda la potencia de los pulmones. Edward se arrodilló al momento y aferró la cabeza del animal con ambas manos. El dolor le crispaba el gesto.
Chillé una vez, desconcertada por el pánico, y me dejé caer de rodillas junto a ellos. Como una tonta, intenté retirarle las manos de la cabeza del animal. Mis manos sudorosas resbalaron sobre su piel marmórea.
—¡Edward, Edward!
Hizo un esfuerzo manifiesto para mirarme y dejar de apretar los dientes.
—Está bien. Vamos a estar perfectamente... —se calló y se estremeció una vez más.
—¿Qué ocurre? —chillé mientras Seth aullaba de angustia.
—Estamos bien. Vamos a estar perfectamente... —repitió jadeando—. Sam le... ayudó...
Comprendí que no hablaba de sí mismo ni de Seth en cuanto mencionó el nombre de Sam. Ninguna fuerza invisible los atacaba. Esta vez, la crisis no estaba allí.
Estaba usando el plural propio de la manada.
Había agotado toda mi adrenalina. No me quedaba ni una gota. Se me doblaron las piernas y no me caí porque Edward saltó para sostenerme en sus brazos antes de que me golpeara contra las piedras.
—¡Seth! —bramó Edward.
El lobo estaba agazapado, tenso por el dolor, y parecía a punto de echar a correr al bosque.
—¡No! Ve directamente a casa ahora mismo —le ordenó—. ¡Lo más deprisa posible!
Seth gimoteó y sacudió su cabezota de un lado para otro.
—Confía en mí, Seth.
El enorme lobo contempló los torturados ojos de Edward durante un momento interminable antes de enderezarse y echar a correr entre los árboles del bosque, donde desapareció como un fantasma.
Edward me acunó con fuerza contra su pecho y luego avanzó como un bólido por la espesura en sombras, siguiendo un camino diferente al del lobo.
—¿Qué ha ocurrido, Edward? ¿Qué le ha pasado a Sam? —me esforcé para que las palabras pasaran por mi garganta inflamada—. ¿Adonde vamos? ¿Qué es lo que ocurre?
—Debemos volver al claro —me dijo en voz baja—. Sabíamos que existía la posibilidad de que esto ocurriera. Alice lo vio a primera hora de la mañana y se lo dijo a Sam para que se lo transmitiera a Seth. Los Vulturis han decidido que ha llegado la hora de intervenir.
Los Vulturis.
Eso era demasiado. Mi mente se negó a encontrarle sentido a las palabras y fingió no comprenderlas.
Pasamos dando tumbos junto a los árboles. Corríamos cuesta abajo tan deprisa que me daba la impresión de caer en picado, fuera de control.
—No te asustes. No vienen a por nosotros. Se trata sólo del contingente habitual de la guardia que se encarga de limpiar esta clase de líos, o sea, no es nada de capital importancia. Simplemente están haciendo su trabajo. Parecen haber medido de manera muy oportuna el momento de su llegada, por supuesto, lo cual me lleva a creer que nadie en Italia habría lamentado que los neófitos hubieran reducido las dimensiones del clan Cullen —habló entre dientes con voz triste y dura—. Sabré qué piensan a ciencia cierta en cuanto lleguen al claro.
—¿Ésa es la razón por la que regresamos? —susurré.
¿Sería yo capaz de manejar aquella situación? Imágenes de criaturas con ropajes negros se arrastraron a mi mente, poco proclive a aceptarlas, y logré echarlas, pero estaba al límite de mis fuerzas.
—Forma parte del motivo, pero sobre todo, es porque va a ser más seguro presentar un frente unido. No tienen ninguna razón para hostigarnos, pero Jane está con ellos, y podría tener tentaciones si sospecha que estamos solos en algún lugar alejado del resto. Lo más probable es que ella suponga que estoy contigo. Demetri la acompaña, por supuesto, y él es capaz de localizarme si ella se lo pide.
No quería pensar en ese nombre. No deseaba ver en mi mente aquel rostro infantil de cegadora belleza. Un extraño sonido de ahogo se escapó de mi garganta.
—Calla, Bella, calla. Todo va a salir bien. Alice lo ha visto.
Si Alice lo había visto, ¿dónde estaban los lobos? ¿Dónde se encontraba la manada?
—¿Y qué ocurre con el grupo de Sam?
—Han tenido que huir a toda prisa. Los Vulturis no respetan los tratos con los licántropos.
Oí cómo se aceleraba mi respiración. No podía controlarla y empecé a jadear.
—Te juro que van a estar bien —me prometió Edward—. Los Vulturis no van a reconocer el olor ni van a percatarse de la intervención de los lobos. No se hallan muy familiarizados con la especie. La manada estará a salvo.
Fui incapaz de asimilar esa explicación. Mis temores habían hecho jirones mi capacidad de concentración. «Vamos a estar perfectamente», había dicho hacía un momento, pero Seth había aullado de dolor. Edward había evitado mi primera pregunta, había distraído mi atención hablando de los Vulturis...
Estaba cerca, muy cerca, rozaba la verdad con la yema de los dedos.
Cuando pasábamos cerca de ellos a la carrera, los árboles eran un borrón y fluían a nuestro alrededor como agua de color jade.
—¿Qué ocurría antes, cuando Seth se puso a aullar? —insistí. Edward vaciló—. ¡Dímelo, Edward!
—Todo ha terminado —respondió tan bajito que apenas pude oírle por encima del viento generado por su velocidad—. Los lobos no se conformaron con su parte. Pensaron que los tenían a todos y, por supuesto, Alice no pudo verlo.
—¿Qué ha pasado?
—Leah localizó a un neófito escondido y fue lo bastante estúpida y presuntuosa como para querer demostrar algo..., y se enzarzó en una lucha en solitario...
—Leah —repetí; estaba demasiado débil para avergonzarme de la sensación de alivio que me inundó—. ¿Va a recuperarse?
—Leah no ha resultado herida —farfulló él.
Me quedé mirándole durante un segundo. «Sam le ayudó», había dicho Edward, que en ese instante se había quedado con la vista fija en el cielo. Seguí la dirección de su mirada. Una nube púrpura se enganchaba a las ramas de los árboles. La visión me extrañó, pues era un día desacostumbradamente soleado. No, no era una nube. Identifiqué la textura de la densa columna de humo por su similitud a la de nuestro campamento.
—Edward, alguien está herido, ¿verdad? —pregunté con voz casi inaudible.
—Sí —susurró.
—¿Quién? —pregunté, y lo hice a pesar de conocer la respuesta, por supuesto que sí.
Claro que la sabía. Por descontado.
Los árboles empezaron a pasar más despacio a nuestro alrededor a medida que llegábamos a nuestro destino.
Él necesitó de un buen rato antes de contestarme.
—Jacob —dijo.
Fui capaz de asentir una vez.
—Por supuesto —susurré.
Solté el borde de la consciencia al que me había aferrado con uñas y dientes hasta ese momento.
Todo se volvió negro.
El contacto de dos manos heladas en mi piel fue lo primero de lo que volví a ser consciente. Eran más de dos manos. Unos brazos me sostenían, alguien curvó la palma de la mano para acomodarla a mi mejilla, unos dedos acariciaban mi frente mientras que otros presionaban suavemente a la altura de la muñeca. Luego, tomé conciencia de las voces, al principio, era un simple zumbido, pero fueron creciendo en volumen y claridad como si alguien hubiera subido el botón de la radio.
—Lleva así cinco minutos, Carlisle.
La voz de Edward sonaba ansiosa.
—Recobrará el sentido cuando esté preparada, Edward —respondio el interpelado con la calma y aplomo habituales—. Hoy ha tenido que pasar las de Caín. Dejemos que la mente se proteja.
Pero no tenía el pensamiento a salvo del dolor, sino atrapado por éste, ya que formaba parte de la negrura de la inconsciencia.
Me sentía desconectada del cuerpo, como si estuviera confinada en un rincón de mi propia mente, pero sin estar ya al frente de los mandos, y no podía hacer nada al respecto, ni pensar. El tormento era demasiado fuerte para eso. No había escapatoria posble.
Jacob.
Jacob.
Jacob.
No, no, no, no...
—¿Cuánto tiempo tenemos, Alice? —inquirió Edgard con voz aún tensa, evidenciando el escaso efecto de las palabras tranquilizadoras de Carlisle.
—Otros cinco minutos —la voz chispeante y alegre de Alice sonó aún más distante—. Bella abrirá los jos dentro de treinta y siete segundos. No tengo duda alguna de que ya nos escucha.
—Bella, cielo, ¿me oyes? —ésa era la dulce y reconfortante voz de Esme—. Ya estás a salvo, cariño.
Sí, yo estaba a salvo. Pero ¿acaso eso importaba de verdad?
Noté en ese momento unos fríos labios en el oído y Edward pronunció las palabras que me permitieron escapar del padecimiento que me encerraba en mi propia mente.
—Vivirá, Bella. Jacob Black se está recuperando mientras hablo. Se va a poner bien.
Hallé el camino para volver a mi cuerpo en cuanto cesaron el dolor y el pánico. Pestañeé.
—Bella.
Edward suspiró de alivio y tocó mis labios con los suyos.
—Edward —susurré.
—Sí, estoy aquí.
Hice un esfuerzo por abrir los párpados y contemplar sus pupilas doradas.
—¿Está bien Jacob?
—Sí —me prometió.
Estudié sus ojos con detenimiento en busca de algún indicio de que sólo pretendiera aplacarme, pero eran de una transparencia absoluta.
—Le examiné yo mismo —intervino entonces Carlisle. Me volví para ver su rostro a escasa distancia. La expresión de Carlisle era seria y tranquilizadora a un tiempo. Era imposible dudar de él—. Su vida no corre peligro. Sana a una velocidad increíble, aunque sus heridas eran lo bastante graves como para que hubiera necesitado varios días para volver a la normalidad, aun cuando se mantuviera constante el ritmo de sanación. Haré cuanto esté en mi mano por ayudarle en cuanto hayamos terminado aquí. Sam intenta hacerle volver a su forma humana para que resulte más fácil tratarle —Carlisle esbozó una leve sonrisa—. Nunca he ido a una facultad de Veterinaria.
—¿Qué le ha ocurrido? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Qué gravedad revisten las heridas de Jake?
El rostro de Carlisle volvió a ser serio.
—Había otro lobo en apuros...
—Leah —musité.
—Sí. La apartó del camino del neófito, pero no tuvo tiempo de defenderse y el converso le astilló la mitad de los huesos del cuerpo.
Me estremecí.
—Sam y Paul acudieron a tiempo. Ya estaba mucho mejor cuando le llevaban de regreso a La Push.
—Pero ¿se va a recuperar del todo?
—Sí, Bella. No sufrirá daños permanentes.
Respiré hondo.
—Tres minutos —dijo Alice en voz baja.
Forcejeé para ponerme en pie. Edward comprendió mi intención y me ayudó a incorporarme.
Contemplé la escena que se ofrecía delante de mí.
Los Cullen permanecían en un holgado semicírculo alrededor de una hoguera donde, aunque se veían pocas llamas, la humareda púrpura era densa, casi negra, y flotaba encima de la reluciente hierba como si fuera una enfermedad. El más cercano a aquella neblina de apariencia casi sólida era Jasper, por lo que su piel relucía al sol con menor intensidad que la del resto. Estaba de espaldas a mí, con los hombros tensos y los brazos ligeramente extendidos. Cerca de él había algo sobre lo que se agachaba con suma precaución.
Estaba demasiado aturdida como para sentir algo más que una leve sorpresa al comprender de qué se trataba.
En el claro había ocho vampiros.
La chica apretaba contra el cuerpo las piernas, enlazadas por los brazos, hasta aovillarse en una bola junto a las llamas. Era muy joven, más que yo. Tendría unos quince años, pelo oscuro y complexión menuda. No me quitaba la vista de encima. El iris de sus ojos era de un rojo sorprendente por lo intenso, mucho más que el de Riley, casi refulgía. Esos ojos daban vueltas, fuera de control.
Edward vio mi expresión de aturdimiento.
—Se rindió —me explicó en voz baja—. Nunca antes había visto algo parecido. Sólo a Carlisle se le ocurriría aceptar la oferta. Jasper no lo aprueba.
No fui capaz de separar la vista de la escena que se desarrollaba junto al fuego. Jasper se frotaba el antebrazo izquierdo con aire ausente.
—¿Le pasa algo a Jasper? —susurré.
—Está bien, pero le escuece el veneno.
—¿Le han mordido? —pregunté, horrorizada.
—Pretendía estar en todas partes al mismo tiempo, sobre todo para asegurarse de que Alice no tenía nada que hacer —Edward meneó la cabeza—. Ella no necesita la ayuda de nadie.
Alice dedicó un mohín a su amado.
—Tontorrón sobreprotector.
De pronto, la chica joven echó hacia atrás la cabeza, y aulló con estridencia.
Jasper le gruñó y ella retrocedió, pero hundió los dedos en el suelo como si fueran garras y giró la cabeza a derecha e izquierda con angustia. Jasper dio un paso hacia ella, que se acuclilló más. Edward se movió con exagerada tranquilidad mientras giraba nuestros cuerpos de tal modo que él quedaba situado entre ella y yo. Me asomé por encima de su hombro para ver a la apaleada chica y a Jasper.
Carlisle apareció enseguida junto a Jasper y le puso una mano en el hombro.
—¿Has cambiado de idea, jovencita? —le preguntó Carlisle con su flema habitual—. No tenemos especial interés en acabar contigo, pero lo haremos si no eres capaz de controlarte.
—¿Cómo podéis soportarlo? —gimió la chica con voz alta y clara—. La quiero.
Concentró el encendido iris rojo en Edward, a quien traspasó con la mirada para llegar hasta mí. Volvió a hundir las uñas en el duro suelo.
—Has de refrenarte —insistió Carlisle con gravedad—. Debes ejercitar tu autocontrol. Es posible y es lo único que puede salvarte ahora.
La muchacha se aferró la cabeza con las manos, encostradas de suciedad, y se puso a gemir.
Sacudí el hombro de Edward para atraer su atención y pregunté:
—¿No deberíamos alejarnos de ella?
Al oír mi voz, la muchacha retiró los labios por encima de los dientes y adoptó una expresión atormentada.
—Tenemos que permanecer aquí —murmuró Edward—. Ellos están a punto de entrar en el claro por el lado norte.
Mi corazón se desbocó mientras examinaba la linde del claro, sin que viera otra cosa que la densa cortina de humo. Mis pupilas regresaron a la neófita después de unos segundos de búsqueda infructuosa; seguía mirándome con ojos enloquecidos.
Le sostuve la mirada durante un largo momento. Los cabellos negros cortados a la altura de la barbilla le realzaban el rostro de alabastro blanco. Era difícil definir como hermosas sus facciones, crispadas y deformadas por la rabia y la sed. Los salvajes ojos rojos eran dominantes, hasta el punto de que resultaba imposible apartar de ellos la mirada. Me contempló con despiadada obsesión. Se estremecía y se retorcía cada pocos segundos.
Me quedé observando a la muchacha, boquiabierta, preguntándome si no estaría contemplando mi futuro en un espejo.
Entonces, Carlisle y Jasper comenzaron a retroceder hacia nuestra posición. Emmett, Rosalie y Esme convergieron a toda prisa hacia la posición que ocupábamos Edward, Alice y yo para presentar un frente unido, como había dicho Edward, conmigo en el centro, la posición más segura.
Dividí mi atención entre la neófita salvaje y la búsqueda de los monstruos, cuya llegada era inminente.
Aún no había nada que ver. Lancé una mirada a Edward, cuyos ojos se clavaban en el horizonte sin pestañear. Intenté seguir la dirección de sus pupilas, pero no hallé más que el denso humo de olor aceitoso que culebreaba sin prisa a poca altura, alzándose con pereza para ondular encima de la hierba.
La humareda se extendió por la parte delantera y se oscureció en el centro. Entonces, una voz apagada surgió del interior de la misma.
—Aja.
Reconocí esa nota de apatía de inmediato.
—Bienvenida, Jane —saludó Edward con un tono distante pero cortés.
Las siluetas oscuras se acercaron. Los contornos se hicieron más nítidos al salir del humazo. Sabía que Jane iba al frente gracias a la capa oscura, casi negra, y a que era la figura de menor talla por casi sesenta centímetros, aunque apenas podía distinguir sus rasgos angelicales bajo la sombra de la capucha.
También me resultaban familiares las cuatro enormes figuras envueltas en atavíos grises que marchaban detrás de ella. Estaba segura de conocer a la que avanzaba en primer lugar. Félix alzó los ojos mientras yo intentaba confirmar mi sospecha. Echó hacia atrás la capucha levemente para que pudiera ver cómo me sonreía y me guiñaba el ojo. Edward, inmóvil por completo, me mantenía a su lado y agarraba mi mano con fuerza.
La mirada de Jane recorrió poco a poco los luminosos rostros de los Cullen antes de caer sobre la neófita, que seguía junto al fuego con la cabeza entre las manos.
—No lo comprendo —la voz de Jane aún sonaba aburrida, pero no parecía tan desinteresada como antes.
—Se ha rendido —le explicó Edward para deshacer la posible confusión de la vampiro, cuyos ojos volaron con rapidez a las facciones de Edward.
—¿Rendido?
Félix y otra de las sombras intercambiaron una fugaz mirada. Edward se encogió de hombros.
—Carlisle le dio esa opción.
—No hay opciones para quienes quebrantan las reglas —zanjó ella, tajante.
Carlisle habló entonces con voz suave.
—Está en vuestras manos. No vi necesario aniquilarla en tanto en cuanto se mostró voluntariamente dispuesta a dejar de atacarnos. Nadie le ha enseñado las reglas.
—Eso es irrelevante —insistió Jane.
—Como desees.
Jane clavó sus ojos en Carlisle con consternación. Sacudió la cabeza de forma imperceptible y luego recompuso las facciones.
—Aro deseaba que llegáramos tan al oeste para verte, Carlisle. Te envía saludos.
El aludido asintió.
—Os agradecería que le transmitierais a él los míos.
—Por supuesto —Jane sonrió. Su rostro era aún más adorable cuando se animaba. Volvió la vista atrás, hacia el humo—. Parece que hoy habéis hecho nuestro trabajo... —su mirada pasó a la cautiva—. Bueno, casi todo. Sólo por curiosidad profesional, ¿cuántos eran? Ocasionaron una buena oleada de destrucción en Seattle.
—Dieciocho, contándola a ella —contestó Carlisle.
Jane abrió unos ojos como platos y contempló las llamas una vez más; parecía evaluar el tamaño de la hoguera. Félix y la otra sombra intercambiaron una mirada más prolongada.
—¿Dieciocho? —repitió. La voz sonó insegura por vez primera.
—Todos recién salidos del horno —explicó Carlisle con desdén—. Ninguno estaba cualificado.
—¿Ninguno? —la voz de Jane se endureció—. Entonces, ¿quién los creó?
—Se llamaba Victoria —respondió Edward, sin rastro de emoción en la voz.
—¿Se llamaba?
Edward ladeó la cabeza hacia la zona este del bosque. La mirada de Jane se concentró enseguida en la lejanía, quizás en la otra columna de humo, pero no aparté la vista para verificarlo.
Jane se quedó observando ese lugar durante un buen rato y luego examinó la hoguera cercana una vez más.
—La tal Victoria... ¿Se cuenta aparte de estos dieciocho?
—Sí. Iba en compañía de otro vampiro, que no era tan joven como éstos, pero no tendría más de un año.
—Veinte —musitó Jane—. ¿Quién acabó con la creadora?
—Yo —contestó Edward.
Jane entrecerró los ojos y se volvió hacia la neófita próxima a las llamas.
—Eh, tú —ordenó con voz más severa que antes—, ¿cómo te llamas?
La joven le lanzó una mirada torva a Jane al tiempo que fruncía con fuerza los labios.
Jane le devolvió una sonrisa angelical.
La neófita reaccionó con un aullido ensordecedor. Su cuerpo se arqueó con rigidez hasta quedar en una postura antinatural y forzada. Desvié la mirada y sentí la urgencia de taparme las orejas.
Apreté los dientes con la esperanza de contener las náuseas. El chillido se intensificó. Intenté concentrarme en el rostro de Edward, tranquilo e indiferente, pero eso me hizo recordar que él mismo había sido sometido a la mirada atormentadora de Jane, y me puse fatal. Miré a Alice, y a Esme, que estaba a su lado, pero tenían un rostro tan carente de expresión como el de Edward.
Al final, ella se calló.
—¿Cómo te llamas? —exigió Jane. Su voz no tenía la menor entonación.
—Bree —respondió ella entrecortadamente.
Jane esbozó una sonrisa y la chica volvió a gritar. Contuve el aliento hasta que cesó el grito de dolor.
—Ella va a contarte todo lo que quieras saber —le soltó Edward entre dientes—. No es necesario que hagas eso.
Jane alzó los ojos, chispeantes a pesar de que solían ser inexpresivos.
—Ya lo sé —le contestó a Edward, a quien sonrió antes de volverse hacia la joven neófita, Bree.
—¿Es cierto eso, Bree? —dijo Jane, otra vez con gran frialdad—. ¿Erais veinte?
La muchacha yacía jadeando con el rostro apoyado sobre el suelo. Se apresuró a responder.
—Diecinueve o veinte, quizá más, ¡no lo sé! —se encogió, aterrada de que su ignorancia le acarreara otra nueva sesión de tortura—. Sara y otra cuyo nombre no conozco se enzarzaron en una pelea durante el camino...
—Y esa tal Victoria... ¿Fue ella quien os creó?
—Y yo qué sé —se estremeció de nuevo—. Riley nunca nos dijo su nombre y esa noche no vi nada... Estaba oscuro y dolía —Bree tembló—. Él no quería que pensáramos en ella. Nos dijo que nuestros pensamientos no eran seguros...
Jane se volvió para mirar a Edward y luego concentró su interés en Bree.
Victoria lo había planeado bien. Si no hubiera seguido a Edward, no habría habido forma de saber con certeza que estaba involucrada...
—Habíame de Riley —continuó Jane—. ¿Por qué os trajo aquí?
—Nos dijo que debíamos destruir a los raros esos de ojos amarillos —parloteó Bree de buen grado—. Según él, iba a ser pan comido. Nos explicó que la ciudad era suya y que los de los ojos amarillos iban a venir a por nosotros. Toda la sangre sería para nosotros en cuanto desaparecieran. Nos dio su olor —Bree alzó una mano y hendió el aire con el dedo en mi dirección—. Dijo que identificaríamos al aquelarre en cuestión gracias a ella, que estaría con ellos. Prometió que ella sería para el primero que la tomara.
A mi lado sonó el chasquido de mandíbulas de Edward.
—Parece que Riley se equivocó en lo relativo a la facilidad —observó Jane.
Bree asintió. Parecía aliviada de que la conversación discurriera por derroteros indoloros.
—No sé qué ocurrió. Nos dividimos, pero los otros no volvieron. Riley nos abandonó, y no volvió para ayudarnos como había prometido. Luego, la pelea fue muy confusa y todos acabaron hechos pedazos —se volvió a estremecer—. Tenía miedo y quería salir pitando. Ese de ahí —continuó mientras miraba a Carlisle— dijo que no me haría daño si dejaba de luchar.
—Aja, pero no estaba en sus manos ofrecer tal cosa, jovencita —murmuró Jane con voz extrañamente gentil—. Quebrantar las reglas tiene consecuencias.
Bree la miró con fijeza sin comprender.
Jane contempló a Carlisle.
—¿Estáis seguros de haber acabado con todos? ¿Dónde están los otros?
El rostro de Carlisle denotaba una gran seguridad cuando asintió.
—También nosotros nos dividimos.
Jane esbozó una media sonrisa.
—No he de ocultar que estoy impresionada —las grandes sombras situadas a su espalda asintieron para demostrar que estaban de acuerdo con ella—. Jamás había visto a un aquelarre escapar sin bajas de un ataque de semejante magnitud. ¿Sabéis qué hay detrás del mismo? Parece un comportamiento muy extremo, máxime si consideramos el modo en que vivís aquí. ¿Por qué la muchacha es la clave?
Sin querer, sus ojos descansaron en mí durante unos segundos. Tuve un escalofrío.
—Victoria guardaba rencor a Bella —le explicó Edward, imperturbable.
Jane se carcajeó. El sonido era áureo, como la burbujeante risa de una niña feliz.
—Esto parece provocar las reacciones más fuertes y desmedidas de nuestra especie —apuntó mientras me miraba directamente con una sonrisa en su angelical rostro.
Edward se envaró. Le miré a tiempo de verle girar el rostro hacia Jane.
—¿Tendrías la bondad de no hacer eso? —le pidió con voz tensa.
Jane se echó a reír con indulgencia.
—Sólo era una prueba. Al parecer, no sufre daño alguno.
Tuve otro temblor y agradecí que mi organismo no hubiera corregido el fallo técnico que me había protegido de Jane la última vez que nos vimos. Edward me aferró con más fuerza.
—Bueno, parece que no nos queda mucho por hacer. ¡Qué raro! —dijo Jane mientras la apatía se filtraba otra vez en su voz—. No estamos acostumbrados a desplazarnos sin necesidad. Ha sido un fastidio perdernos la pelea. Da la impresión de que habría sido un espectáculo entretenido.
—Sí —saltó Edward con acritud—, y eso que estabais muy cerca. Es una verdadera lástima que no llegarais media hora antes. Quizás entonces podríais haber realizado vuestro trabajo al completo.
La firme mirada de Jane se encontró con la de Edward.
—Sí. Qué pena que las cosas hayan salido así, ¿verdad?
Edward asintió una vez para sí mismo, con sus sospechas confirmadas.
Jane se giró para contemplar a la neófita una vez más. Su rostro era de una apatía absoluta.
—¿Félix? —llamó arrastrando las palabras.
—Espera —intervino Edward.
Jane enarcó una ceja, pero Edward miraba a Carlisle mientras hablaba a toda prisa.
—Podemos explicarle las reglas a la joven. No parecía mal predispuesta a aprenderlas. No sabía lo que hacía.
—Por descontado —respondió Carlisle—. Estamos preparados para responsabilizarnos de Bree.
La vampiro se encontró dividida entre la incredulidad y la diversión.
—No hacemos excepciones ni damos segundas oportunidades —repuso—. Es malo para nuestra reputación, lo cual me recuerda... —de pronto, volvió a mirarme y su rostro de querubín se llenó de hoyuelos al sonreír—. Cayo estará muy interesado en saber que sigues siendo humana, Bella. Quizá decida hacerte una visita.
—Se ha fijado la fecha —le dijo Alice, hablando por vez primera—. Quizá vayamos a visitaros dentro de unos pocos meses.
La sonrisa de Jane se desvaneció y se encogió de hombros con indeferencia sin mirar a Alice. Se encaró con Carlisle:
—Ha estado bien conocerte, Carlisle... Siempre creí que Aro había exagerado. Bueno, hasta la próxima...
Carlisle asintió con expresión apenada.
—Encárgate de eso, Félix —ordenó Jane al tiempo que señalaba a Bree con la cabeza. Su voz sonaba cada vez más aburrida—. Quiero volver a casa.
—No mires —me susurró Edward al oído.
Era la única orden que tenía ganas de obedecer. Había visto más que de sobra para un solo día, y para toda una vida. Apreté los párpados con fuerza y giré el rostro hacia el pecho de Edward, pero...
...todavía oía.
Resonó un gruñido hondo y sordo y luego un aullido agudísimo que ya me empezaba a resultar horriblemente familiar. El grito se apagó enseguida, y luego sólo se oyeron los escalofriantes sonidos del aplastamiento y la desmembración.
Edward me acarició los hombros con ansiedad.
—Vamos —conminó Jane.
Alcé los ojos a tiempo de ver cómo las espaldas cubiertas por los grandes ropones grises se dirigían hacia los zarcillos de humo. El olor a incienso volvió a ser intenso...
...reciente.
Las sombrías vestiduras se desvanecieron en la espesa humareda.
Edward se puso en acción otra vez. Desmembró el cadáver decapitado con rapidez y fría eficacia.
No pude acercarme a él... Los pies no me respondían, parecía que los tenía atornillados a la roca de debajo, pero escudriñé todos y cada uno de sus movimientos en busca de alguna posible herida. El pulso se redujo a un ritmo normal una vez que me aseguré de que no estaba herido. Se movía con la agilidad de costumbre. Ni siquiera vi un rasguño en sus ropas.
No dirigió la mirada hacia la pared del acantilado, donde todavía permanecía petrificada de espanto mientras apilaba los miembros aún temblorosos y palpitantes; luego, los cubrió con pinaza. Sus ojos rehusaron encontrarse con los míos, atónitos, cuando se lanzó como una flecha en pos de Seth.
No había dispuesto de tiempo para recobrarme cuando los dos estuvieron de vuelta. Edward regresó con los brazos llenos con restos de Riley mientras Seth llevaba en la boca un gran trozo —el torso—. Volcaron su carga en el montón. Edward extrajo un objeto rectangular del bolsillo. Abrió el encendedor plateado de butano y aplicó la llama a la yesca seca. Prendió de inmediato y enseguida grandes lenguas de fuego anaranjadas se extendieron por la pira.
Edward llevó a Seth a un aparte y en un murmullo le pidió:
—Reúne hasta el último trozo.
El vampiro y el hombre lobo peinaron todo el campamento. De vez en cuando lanzaban trocitos de roca blanca a las llamas. Seth manejaba los trozos con los dientes. La mente no me funcionaba muy allá y era incapaz de comprender por qué no se transformaba en hombre para usar las manos.
El vampiro no apartó los ojos de su tarea.
Después de que terminaran, el fuego furioso envió al cielo una asfixiante fumarada púrpura. La densa columna de humo se enroscó despacio, aparentando una mayor consistencia. Al arder, olía como el incienso, pero luego dejaba un aroma desagradable, ya que era espeso y demasiado fuerte.
Seth volvió a proferir desde el fondo del pecho aquel sonido guasón.
Una sonrisa recorrió el tenso rostro de Edward, que estiró el brazo y cerró la mano en un puño. Seth sonrió, exhibiendo una larga hilera de dientes como cuchillas, y tocó el puño de Edward con el hocico.
—Ha sido un espléndido trabajo de equipo —murmuró Edward.
Seth soltó una risotada.
Luego, Edward respiró hondo y se volvió con lentitud para hacerme frente.
Yo no comprendía su expresión. Actuaba con la misma cautela que si yo fuera otro enemigo, más que cautela, en sus ojos leía el miedo. Él no había mostrado miedo alguno cuando se había enfrentado a Victoria y a Riley... Tenía la mente tan embotada e inútil como mi cuerpo. Le miré desconcertada.
—Bella, cariño —dijo con su voz más suave mientras caminaba hacia mí exageradamente despacio. Llevaba las manos en alto y las palmas hacia delante. Atontada como me encontraba, me recordaba a la aproximación de un sospechoso a un policía para demostrarle que no iba armado—. Bella, ¿puedes soltar la piedra, por favor? Con cuidado. No vayas a hacerte daño.
Me había olvidado por completo del arma tan tosca que empuñaba. Entonces me percaté de que el dolor de los nudillos obedecía a la fuerza con que la aferraba. ¿Me los habría vuelto a romper? Esta vez, Carlisle me iba a enyesar la mano para asegurarse de que le obedecía.
Edward se quedó a medio metro de mí, con las manos en el aire y los ojos llenos de miedo.
Necesité de muy pocos segundos para acordarme de mover los dedos. Luego, solté la piedra, que hizo ruido al caer al suelo, y mantuve la mano inmóvil en esa misma posición.
El se relajó un poco cuando me vio con las palmas vacías, pero no se acercó más.
—No te asustes, Bella —murmuró—. Estás a salvo, no voy a hacerte daño.
La desconcertante promesa sólo consiguió confundirme aún más. Le miré con fijeza, como si fuera tonta, intentando comprenderle.
—Todo va a ir bien, Bella. Sé que tienes miedo, pero la lucha ha terminado. Nadie va a hacerte daño. No voy a tocarte. No voy a lastimarte —repitió.
Parpadeé con rabia y recuperé mi voz.
—¿Por qué repites eso como un loro? —di un paso hacia él, que retrocedió ante mi avance—. ¿Qué pasa? —pregunté en voz baja—. ¿A qué te refieres?
—Tú no... —sus ojos dorados reflejaron una confusión similar a la mía—. ¿No me tienes miedo?
—¿A ti? ¿Por qué...?
Me tambaleé al dar otro paso y tropecé, lo más probable era que con mis propios pies, pero Edward me tomó en brazos. Hundí el rostro en su pecho y comencé a sollozar.
—Bella, Bella, cuánto lo lamento. Ha terminado, ha terminado.
—Estoy bien —respondí entre jadeos—. Me encuentro perfectamente, pero estoy alucinada. Dame un minuto.
Me sujetó con más fuerza.
—Cuánto lo siento —repetía una y otra vez.
Me aferré a él hasta que fui capaz de respirar y luego le besé en el pecho, los hombros y el cuello, en cualquier parte de su anatomía a la que era capaz de llegar. Poco a poco, comencé a razonar de nuevo.
—¿Te encuentras bien? —le pregunté entre uno y otro beso—. ¿Te hirió Victoria?
—Estoy muy bien —me prometió mientras enterraba el rostro entre mis cabellos.
—¿Y Seth?
Edward rió entre dientes.
—Está más que bien, de hecho, está muy orgulloso de sí mismo.
—¿Y los demás? ¿Y Alice? ¿Y Esme? ¿Y los lobos?
—Todos están sanos y salvos. El asunto también ha terminado para ellos. Todo ha ido como la seda, tal y como te prometí. La peor parte la hemos soportado nosotros.
Me concedí un instante para asimilarlo, asumirlo y dejarlo asentado de forma definitiva. Mi familia y mis amigos estaban a salvo. Victoria jamás volvería a intentar darme caza.
Se había acabado.
Todos íbamos a estar bien, pero seguía tan confusa que no era capaz de aceptar las buenas noticias.
—Dime por qué pensabas que te iba a tener miedo —insistí.
—Lo siento —repitió, disculpándose una vez más. ¿A santo de qué pedía perdón? No tenía ni idea—. Lo lamento. No quería que fueras testigo de aquello ni que me vieras a mí de esa guisa. Seguro que te he asustado.
Dediqué un minuto a darle vueltas a todo aquello, a la vacilación con que se había acercado, las manos suspendidas en el aire, como si yo estuviera a punto de echar a correr si él se movía demasiado deprisa...
—¿Lo dices en serio? —pregunté al fin—. Tú... ¿qué? ¿Te crees que me has asustado? —bufé. El bufido fue estupendo. Una voz no tiembla ni se quiebra cuando bufas. Sonó con una admirable brusquedad.
Tomó mi mentón entre los dedos y ladeó mi rostro para poderlo examinar a gusto.
—Bella... yo... acabo... —vaciló, pero luego hizo un esfuerzo para que le salieran las palabras— acabo de decapitar y desmembrar a una criatura a menos de veinte metros de ti. ¿Acaso no te ha «inquietado»?
Me puso mala cara.
Yo me encogí de hombros. El encogimiento de hombros también era algo estupendo. Muy... displicente.
—Lo cierto es que no. Sólo temía que Seth o tú resultarais heridos. Quería echar una mano, pero no había mucho que yo pudiera hacer...
Mi voz se apagó al ver sus facciones lívidas de repente.
—Sí —dijo con tono cortado—, el truquito de la piedra... ¿Sabes lo cerca que estuve de sufrir un patatús? No era precisamente una forma de facilitar las cosas.
Su mirada fulminante me dificultaba la respuesta.
—Quería ayudar, y Seth estaba herido...
—No lo estaba, Seth sólo fingía, Bella. Era una treta, y entonces tú... —sacudió la cabeza, incapaz de terminar la frase—. Seth no veía lo que hacías, por lo que tuve que tomar cartas en el asunto. Ahora está un poco contrariado por no poder reclamar una victoria en solitario.
—Seth... ¿fingía? —Edward asintió con severidad—. Vaya.
Ambos mirábamos a Seth, que nos ignoraba y contemplaba las llamas con una actitud de estudiada indiferencia. Rebosaba arrogancia en cada pelo de la pelambrera.
—¡Y yo qué sabía! —repuse, ahora a la defensiva—. No es fácil ser la única persona indefensa de por aquí. ¡Espera a que sea vampiro y verás! La próxima vez no me voy a quedar sentada para mirar desde la banda.
Una docena de sentimientos enfrentados revolotearon en su rostro antes de que mi ocurrencia le hiciera gracia.
—¿La próxima vez? ¿Prevés que va a haber otra guerra pronto?
—¿Con la suerte que yo tengo? ¿Quién sabe?
Puso los ojos en blanco, pero advertí que estaba un poco ido. Los dos nos sentíamos mareados de puro alivio. Aquello había acabado.
¿O no?
—Espera, ¿no dijiste algo antes? —me estremecí al recordar exactamente lo que había sucedido «antes». ¿Qué iba a contarle ahora a Jacob? Un dolor punzante traspasaba mi corazón, dividido con cada latido. Resultaba difícil de creer, casi imposible, pero todavía no había dejado atrás la parte más dura de ese día—. ¿A qué te referías cuando hablaste de «una pequeña complicación»? Y Alice, que había de concretar el esquema para Sam... Dijiste que le iba a andar cerca. ¿El qué?
Los ojos de Edward volaron al encuentro de los de Seth. Los dos intercambiaron una mirada cargada de significado.
—¿Y bien? —exigí saber.
—No es nada, de veras —se apresuró a decir—, pero tenemos que ponernos en marcha...
Hizo ademán de ponerme sobre sus espaldas, pero me envaré y retrocedí.
—Define «nada».
Edward tomó mi rostro entre las manos.
—Sólo tenemos un minuto, así que no te asustes, ¿vale? Insisto, no hay razón para tener miedo. Confía en mí esta vez, por favor.
Asentí en un intento de ocultar el terror que me había entrado de pronto. ¿Cuánto más era capaz de soportar antes de desmoronarme?
—No hay razón para el miedo, lo pillo.
Frunció los labios durante unos instantes mientras decidía qué contestar y luego lanzó una repentina mirada a Seth, como si éste le hubiera llamado.
—¿Y qué hace ella? —inquirió.
El lobo profirió un aullido lleno de ansiedad y preocupación que me erizó el vello de la nuca. Reinó un silencio sepulcral durante un segundo interminable. Luego, Edward dio un grito ahogado:
—¡No...!
Una de sus manos salió volando en pos de algo invisible.
—¡No!
Un espasmo sacudió el cuerpo de Seth, que lanzó un desgarrador aullido de agonía con toda la potencia de los pulmones. Edward se arrodilló al momento y aferró la cabeza del animal con ambas manos. El dolor le crispaba el gesto.
Chillé una vez, desconcertada por el pánico, y me dejé caer de rodillas junto a ellos. Como una tonta, intenté retirarle las manos de la cabeza del animal. Mis manos sudorosas resbalaron sobre su piel marmórea.
—¡Edward, Edward!
Hizo un esfuerzo manifiesto para mirarme y dejar de apretar los dientes.
—Está bien. Vamos a estar perfectamente... —se calló y se estremeció una vez más.
—¿Qué ocurre? —chillé mientras Seth aullaba de angustia.
—Estamos bien. Vamos a estar perfectamente... —repitió jadeando—. Sam le... ayudó...
Comprendí que no hablaba de sí mismo ni de Seth en cuanto mencionó el nombre de Sam. Ninguna fuerza invisible los atacaba. Esta vez, la crisis no estaba allí.
Estaba usando el plural propio de la manada.
Había agotado toda mi adrenalina. No me quedaba ni una gota. Se me doblaron las piernas y no me caí porque Edward saltó para sostenerme en sus brazos antes de que me golpeara contra las piedras.
—¡Seth! —bramó Edward.
El lobo estaba agazapado, tenso por el dolor, y parecía a punto de echar a correr al bosque.
—¡No! Ve directamente a casa ahora mismo —le ordenó—. ¡Lo más deprisa posible!
Seth gimoteó y sacudió su cabezota de un lado para otro.
—Confía en mí, Seth.
El enorme lobo contempló los torturados ojos de Edward durante un momento interminable antes de enderezarse y echar a correr entre los árboles del bosque, donde desapareció como un fantasma.
Edward me acunó con fuerza contra su pecho y luego avanzó como un bólido por la espesura en sombras, siguiendo un camino diferente al del lobo.
—¿Qué ha ocurrido, Edward? ¿Qué le ha pasado a Sam? —me esforcé para que las palabras pasaran por mi garganta inflamada—. ¿Adonde vamos? ¿Qué es lo que ocurre?
—Debemos volver al claro —me dijo en voz baja—. Sabíamos que existía la posibilidad de que esto ocurriera. Alice lo vio a primera hora de la mañana y se lo dijo a Sam para que se lo transmitiera a Seth. Los Vulturis han decidido que ha llegado la hora de intervenir.
Los Vulturis.
Eso era demasiado. Mi mente se negó a encontrarle sentido a las palabras y fingió no comprenderlas.
Pasamos dando tumbos junto a los árboles. Corríamos cuesta abajo tan deprisa que me daba la impresión de caer en picado, fuera de control.
—No te asustes. No vienen a por nosotros. Se trata sólo del contingente habitual de la guardia que se encarga de limpiar esta clase de líos, o sea, no es nada de capital importancia. Simplemente están haciendo su trabajo. Parecen haber medido de manera muy oportuna el momento de su llegada, por supuesto, lo cual me lleva a creer que nadie en Italia habría lamentado que los neófitos hubieran reducido las dimensiones del clan Cullen —habló entre dientes con voz triste y dura—. Sabré qué piensan a ciencia cierta en cuanto lleguen al claro.
—¿Ésa es la razón por la que regresamos? —susurré.
¿Sería yo capaz de manejar aquella situación? Imágenes de criaturas con ropajes negros se arrastraron a mi mente, poco proclive a aceptarlas, y logré echarlas, pero estaba al límite de mis fuerzas.
—Forma parte del motivo, pero sobre todo, es porque va a ser más seguro presentar un frente unido. No tienen ninguna razón para hostigarnos, pero Jane está con ellos, y podría tener tentaciones si sospecha que estamos solos en algún lugar alejado del resto. Lo más probable es que ella suponga que estoy contigo. Demetri la acompaña, por supuesto, y él es capaz de localizarme si ella se lo pide.
No quería pensar en ese nombre. No deseaba ver en mi mente aquel rostro infantil de cegadora belleza. Un extraño sonido de ahogo se escapó de mi garganta.
—Calla, Bella, calla. Todo va a salir bien. Alice lo ha visto.
Si Alice lo había visto, ¿dónde estaban los lobos? ¿Dónde se encontraba la manada?
—¿Y qué ocurre con el grupo de Sam?
—Han tenido que huir a toda prisa. Los Vulturis no respetan los tratos con los licántropos.
Oí cómo se aceleraba mi respiración. No podía controlarla y empecé a jadear.
—Te juro que van a estar bien —me prometió Edward—. Los Vulturis no van a reconocer el olor ni van a percatarse de la intervención de los lobos. No se hallan muy familiarizados con la especie. La manada estará a salvo.
Fui incapaz de asimilar esa explicación. Mis temores habían hecho jirones mi capacidad de concentración. «Vamos a estar perfectamente», había dicho hacía un momento, pero Seth había aullado de dolor. Edward había evitado mi primera pregunta, había distraído mi atención hablando de los Vulturis...
Estaba cerca, muy cerca, rozaba la verdad con la yema de los dedos.
Cuando pasábamos cerca de ellos a la carrera, los árboles eran un borrón y fluían a nuestro alrededor como agua de color jade.
—¿Qué ocurría antes, cuando Seth se puso a aullar? —insistí. Edward vaciló—. ¡Dímelo, Edward!
—Todo ha terminado —respondió tan bajito que apenas pude oírle por encima del viento generado por su velocidad—. Los lobos no se conformaron con su parte. Pensaron que los tenían a todos y, por supuesto, Alice no pudo verlo.
—¿Qué ha pasado?
—Leah localizó a un neófito escondido y fue lo bastante estúpida y presuntuosa como para querer demostrar algo..., y se enzarzó en una lucha en solitario...
—Leah —repetí; estaba demasiado débil para avergonzarme de la sensación de alivio que me inundó—. ¿Va a recuperarse?
—Leah no ha resultado herida —farfulló él.
Me quedé mirándole durante un segundo. «Sam le ayudó», había dicho Edward, que en ese instante se había quedado con la vista fija en el cielo. Seguí la dirección de su mirada. Una nube púrpura se enganchaba a las ramas de los árboles. La visión me extrañó, pues era un día desacostumbradamente soleado. No, no era una nube. Identifiqué la textura de la densa columna de humo por su similitud a la de nuestro campamento.
—Edward, alguien está herido, ¿verdad? —pregunté con voz casi inaudible.
—Sí —susurró.
—¿Quién? —pregunté, y lo hice a pesar de conocer la respuesta, por supuesto que sí.
Claro que la sabía. Por descontado.
Los árboles empezaron a pasar más despacio a nuestro alrededor a medida que llegábamos a nuestro destino.
Él necesitó de un buen rato antes de contestarme.
—Jacob —dijo.
Fui capaz de asentir una vez.
—Por supuesto —susurré.
Solté el borde de la consciencia al que me había aferrado con uñas y dientes hasta ese momento.
Todo se volvió negro.
El contacto de dos manos heladas en mi piel fue lo primero de lo que volví a ser consciente. Eran más de dos manos. Unos brazos me sostenían, alguien curvó la palma de la mano para acomodarla a mi mejilla, unos dedos acariciaban mi frente mientras que otros presionaban suavemente a la altura de la muñeca. Luego, tomé conciencia de las voces, al principio, era un simple zumbido, pero fueron creciendo en volumen y claridad como si alguien hubiera subido el botón de la radio.
—Lleva así cinco minutos, Carlisle.
La voz de Edward sonaba ansiosa.
—Recobrará el sentido cuando esté preparada, Edward —respondio el interpelado con la calma y aplomo habituales—. Hoy ha tenido que pasar las de Caín. Dejemos que la mente se proteja.
Pero no tenía el pensamiento a salvo del dolor, sino atrapado por éste, ya que formaba parte de la negrura de la inconsciencia.
Me sentía desconectada del cuerpo, como si estuviera confinada en un rincón de mi propia mente, pero sin estar ya al frente de los mandos, y no podía hacer nada al respecto, ni pensar. El tormento era demasiado fuerte para eso. No había escapatoria posble.
Jacob.
Jacob.
Jacob.
No, no, no, no...
—¿Cuánto tiempo tenemos, Alice? —inquirió Edgard con voz aún tensa, evidenciando el escaso efecto de las palabras tranquilizadoras de Carlisle.
—Otros cinco minutos —la voz chispeante y alegre de Alice sonó aún más distante—. Bella abrirá los jos dentro de treinta y siete segundos. No tengo duda alguna de que ya nos escucha.
—Bella, cielo, ¿me oyes? —ésa era la dulce y reconfortante voz de Esme—. Ya estás a salvo, cariño.
Sí, yo estaba a salvo. Pero ¿acaso eso importaba de verdad?
Noté en ese momento unos fríos labios en el oído y Edward pronunció las palabras que me permitieron escapar del padecimiento que me encerraba en mi propia mente.
—Vivirá, Bella. Jacob Black se está recuperando mientras hablo. Se va a poner bien.
Hallé el camino para volver a mi cuerpo en cuanto cesaron el dolor y el pánico. Pestañeé.
—Bella.
Edward suspiró de alivio y tocó mis labios con los suyos.
—Edward —susurré.
—Sí, estoy aquí.
Hice un esfuerzo por abrir los párpados y contemplar sus pupilas doradas.
—¿Está bien Jacob?
—Sí —me prometió.
Estudié sus ojos con detenimiento en busca de algún indicio de que sólo pretendiera aplacarme, pero eran de una transparencia absoluta.
—Le examiné yo mismo —intervino entonces Carlisle. Me volví para ver su rostro a escasa distancia. La expresión de Carlisle era seria y tranquilizadora a un tiempo. Era imposible dudar de él—. Su vida no corre peligro. Sana a una velocidad increíble, aunque sus heridas eran lo bastante graves como para que hubiera necesitado varios días para volver a la normalidad, aun cuando se mantuviera constante el ritmo de sanación. Haré cuanto esté en mi mano por ayudarle en cuanto hayamos terminado aquí. Sam intenta hacerle volver a su forma humana para que resulte más fácil tratarle —Carlisle esbozó una leve sonrisa—. Nunca he ido a una facultad de Veterinaria.
—¿Qué le ha ocurrido? —pregunté con un hilo de voz—. ¿Qué gravedad revisten las heridas de Jake?
El rostro de Carlisle volvió a ser serio.
—Había otro lobo en apuros...
—Leah —musité.
—Sí. La apartó del camino del neófito, pero no tuvo tiempo de defenderse y el converso le astilló la mitad de los huesos del cuerpo.
Me estremecí.
—Sam y Paul acudieron a tiempo. Ya estaba mucho mejor cuando le llevaban de regreso a La Push.
—Pero ¿se va a recuperar del todo?
—Sí, Bella. No sufrirá daños permanentes.
Respiré hondo.
—Tres minutos —dijo Alice en voz baja.
Forcejeé para ponerme en pie. Edward comprendió mi intención y me ayudó a incorporarme.
Contemplé la escena que se ofrecía delante de mí.
Los Cullen permanecían en un holgado semicírculo alrededor de una hoguera donde, aunque se veían pocas llamas, la humareda púrpura era densa, casi negra, y flotaba encima de la reluciente hierba como si fuera una enfermedad. El más cercano a aquella neblina de apariencia casi sólida era Jasper, por lo que su piel relucía al sol con menor intensidad que la del resto. Estaba de espaldas a mí, con los hombros tensos y los brazos ligeramente extendidos. Cerca de él había algo sobre lo que se agachaba con suma precaución.
Estaba demasiado aturdida como para sentir algo más que una leve sorpresa al comprender de qué se trataba.
En el claro había ocho vampiros.
La chica apretaba contra el cuerpo las piernas, enlazadas por los brazos, hasta aovillarse en una bola junto a las llamas. Era muy joven, más que yo. Tendría unos quince años, pelo oscuro y complexión menuda. No me quitaba la vista de encima. El iris de sus ojos era de un rojo sorprendente por lo intenso, mucho más que el de Riley, casi refulgía. Esos ojos daban vueltas, fuera de control.
Edward vio mi expresión de aturdimiento.
—Se rindió —me explicó en voz baja—. Nunca antes había visto algo parecido. Sólo a Carlisle se le ocurriría aceptar la oferta. Jasper no lo aprueba.
No fui capaz de separar la vista de la escena que se desarrollaba junto al fuego. Jasper se frotaba el antebrazo izquierdo con aire ausente.
—¿Le pasa algo a Jasper? —susurré.
—Está bien, pero le escuece el veneno.
—¿Le han mordido? —pregunté, horrorizada.
—Pretendía estar en todas partes al mismo tiempo, sobre todo para asegurarse de que Alice no tenía nada que hacer —Edward meneó la cabeza—. Ella no necesita la ayuda de nadie.
Alice dedicó un mohín a su amado.
—Tontorrón sobreprotector.
De pronto, la chica joven echó hacia atrás la cabeza, y aulló con estridencia.
Jasper le gruñó y ella retrocedió, pero hundió los dedos en el suelo como si fueran garras y giró la cabeza a derecha e izquierda con angustia. Jasper dio un paso hacia ella, que se acuclilló más. Edward se movió con exagerada tranquilidad mientras giraba nuestros cuerpos de tal modo que él quedaba situado entre ella y yo. Me asomé por encima de su hombro para ver a la apaleada chica y a Jasper.
Carlisle apareció enseguida junto a Jasper y le puso una mano en el hombro.
—¿Has cambiado de idea, jovencita? —le preguntó Carlisle con su flema habitual—. No tenemos especial interés en acabar contigo, pero lo haremos si no eres capaz de controlarte.
—¿Cómo podéis soportarlo? —gimió la chica con voz alta y clara—. La quiero.
Concentró el encendido iris rojo en Edward, a quien traspasó con la mirada para llegar hasta mí. Volvió a hundir las uñas en el duro suelo.
—Has de refrenarte —insistió Carlisle con gravedad—. Debes ejercitar tu autocontrol. Es posible y es lo único que puede salvarte ahora.
La muchacha se aferró la cabeza con las manos, encostradas de suciedad, y se puso a gemir.
Sacudí el hombro de Edward para atraer su atención y pregunté:
—¿No deberíamos alejarnos de ella?
Al oír mi voz, la muchacha retiró los labios por encima de los dientes y adoptó una expresión atormentada.
—Tenemos que permanecer aquí —murmuró Edward—. Ellos están a punto de entrar en el claro por el lado norte.
Mi corazón se desbocó mientras examinaba la linde del claro, sin que viera otra cosa que la densa cortina de humo. Mis pupilas regresaron a la neófita después de unos segundos de búsqueda infructuosa; seguía mirándome con ojos enloquecidos.
Le sostuve la mirada durante un largo momento. Los cabellos negros cortados a la altura de la barbilla le realzaban el rostro de alabastro blanco. Era difícil definir como hermosas sus facciones, crispadas y deformadas por la rabia y la sed. Los salvajes ojos rojos eran dominantes, hasta el punto de que resultaba imposible apartar de ellos la mirada. Me contempló con despiadada obsesión. Se estremecía y se retorcía cada pocos segundos.
Me quedé observando a la muchacha, boquiabierta, preguntándome si no estaría contemplando mi futuro en un espejo.
Entonces, Carlisle y Jasper comenzaron a retroceder hacia nuestra posición. Emmett, Rosalie y Esme convergieron a toda prisa hacia la posición que ocupábamos Edward, Alice y yo para presentar un frente unido, como había dicho Edward, conmigo en el centro, la posición más segura.
Dividí mi atención entre la neófita salvaje y la búsqueda de los monstruos, cuya llegada era inminente.
Aún no había nada que ver. Lancé una mirada a Edward, cuyos ojos se clavaban en el horizonte sin pestañear. Intenté seguir la dirección de sus pupilas, pero no hallé más que el denso humo de olor aceitoso que culebreaba sin prisa a poca altura, alzándose con pereza para ondular encima de la hierba.
La humareda se extendió por la parte delantera y se oscureció en el centro. Entonces, una voz apagada surgió del interior de la misma.
—Aja.
Reconocí esa nota de apatía de inmediato.
—Bienvenida, Jane —saludó Edward con un tono distante pero cortés.
Las siluetas oscuras se acercaron. Los contornos se hicieron más nítidos al salir del humazo. Sabía que Jane iba al frente gracias a la capa oscura, casi negra, y a que era la figura de menor talla por casi sesenta centímetros, aunque apenas podía distinguir sus rasgos angelicales bajo la sombra de la capucha.
También me resultaban familiares las cuatro enormes figuras envueltas en atavíos grises que marchaban detrás de ella. Estaba segura de conocer a la que avanzaba en primer lugar. Félix alzó los ojos mientras yo intentaba confirmar mi sospecha. Echó hacia atrás la capucha levemente para que pudiera ver cómo me sonreía y me guiñaba el ojo. Edward, inmóvil por completo, me mantenía a su lado y agarraba mi mano con fuerza.
La mirada de Jane recorrió poco a poco los luminosos rostros de los Cullen antes de caer sobre la neófita, que seguía junto al fuego con la cabeza entre las manos.
—No lo comprendo —la voz de Jane aún sonaba aburrida, pero no parecía tan desinteresada como antes.
—Se ha rendido —le explicó Edward para deshacer la posible confusión de la vampiro, cuyos ojos volaron con rapidez a las facciones de Edward.
—¿Rendido?
Félix y otra de las sombras intercambiaron una fugaz mirada. Edward se encogió de hombros.
—Carlisle le dio esa opción.
—No hay opciones para quienes quebrantan las reglas —zanjó ella, tajante.
Carlisle habló entonces con voz suave.
—Está en vuestras manos. No vi necesario aniquilarla en tanto en cuanto se mostró voluntariamente dispuesta a dejar de atacarnos. Nadie le ha enseñado las reglas.
—Eso es irrelevante —insistió Jane.
—Como desees.
Jane clavó sus ojos en Carlisle con consternación. Sacudió la cabeza de forma imperceptible y luego recompuso las facciones.
—Aro deseaba que llegáramos tan al oeste para verte, Carlisle. Te envía saludos.
El aludido asintió.
—Os agradecería que le transmitierais a él los míos.
—Por supuesto —Jane sonrió. Su rostro era aún más adorable cuando se animaba. Volvió la vista atrás, hacia el humo—. Parece que hoy habéis hecho nuestro trabajo... —su mirada pasó a la cautiva—. Bueno, casi todo. Sólo por curiosidad profesional, ¿cuántos eran? Ocasionaron una buena oleada de destrucción en Seattle.
—Dieciocho, contándola a ella —contestó Carlisle.
Jane abrió unos ojos como platos y contempló las llamas una vez más; parecía evaluar el tamaño de la hoguera. Félix y la otra sombra intercambiaron una mirada más prolongada.
—¿Dieciocho? —repitió. La voz sonó insegura por vez primera.
—Todos recién salidos del horno —explicó Carlisle con desdén—. Ninguno estaba cualificado.
—¿Ninguno? —la voz de Jane se endureció—. Entonces, ¿quién los creó?
—Se llamaba Victoria —respondió Edward, sin rastro de emoción en la voz.
—¿Se llamaba?
Edward ladeó la cabeza hacia la zona este del bosque. La mirada de Jane se concentró enseguida en la lejanía, quizás en la otra columna de humo, pero no aparté la vista para verificarlo.
Jane se quedó observando ese lugar durante un buen rato y luego examinó la hoguera cercana una vez más.
—La tal Victoria... ¿Se cuenta aparte de estos dieciocho?
—Sí. Iba en compañía de otro vampiro, que no era tan joven como éstos, pero no tendría más de un año.
—Veinte —musitó Jane—. ¿Quién acabó con la creadora?
—Yo —contestó Edward.
Jane entrecerró los ojos y se volvió hacia la neófita próxima a las llamas.
—Eh, tú —ordenó con voz más severa que antes—, ¿cómo te llamas?
La joven le lanzó una mirada torva a Jane al tiempo que fruncía con fuerza los labios.
Jane le devolvió una sonrisa angelical.
La neófita reaccionó con un aullido ensordecedor. Su cuerpo se arqueó con rigidez hasta quedar en una postura antinatural y forzada. Desvié la mirada y sentí la urgencia de taparme las orejas.
Apreté los dientes con la esperanza de contener las náuseas. El chillido se intensificó. Intenté concentrarme en el rostro de Edward, tranquilo e indiferente, pero eso me hizo recordar que él mismo había sido sometido a la mirada atormentadora de Jane, y me puse fatal. Miré a Alice, y a Esme, que estaba a su lado, pero tenían un rostro tan carente de expresión como el de Edward.
Al final, ella se calló.
—¿Cómo te llamas? —exigió Jane. Su voz no tenía la menor entonación.
—Bree —respondió ella entrecortadamente.
Jane esbozó una sonrisa y la chica volvió a gritar. Contuve el aliento hasta que cesó el grito de dolor.
—Ella va a contarte todo lo que quieras saber —le soltó Edward entre dientes—. No es necesario que hagas eso.
Jane alzó los ojos, chispeantes a pesar de que solían ser inexpresivos.
—Ya lo sé —le contestó a Edward, a quien sonrió antes de volverse hacia la joven neófita, Bree.
—¿Es cierto eso, Bree? —dijo Jane, otra vez con gran frialdad—. ¿Erais veinte?
La muchacha yacía jadeando con el rostro apoyado sobre el suelo. Se apresuró a responder.
—Diecinueve o veinte, quizá más, ¡no lo sé! —se encogió, aterrada de que su ignorancia le acarreara otra nueva sesión de tortura—. Sara y otra cuyo nombre no conozco se enzarzaron en una pelea durante el camino...
—Y esa tal Victoria... ¿Fue ella quien os creó?
—Y yo qué sé —se estremeció de nuevo—. Riley nunca nos dijo su nombre y esa noche no vi nada... Estaba oscuro y dolía —Bree tembló—. Él no quería que pensáramos en ella. Nos dijo que nuestros pensamientos no eran seguros...
Jane se volvió para mirar a Edward y luego concentró su interés en Bree.
Victoria lo había planeado bien. Si no hubiera seguido a Edward, no habría habido forma de saber con certeza que estaba involucrada...
—Habíame de Riley —continuó Jane—. ¿Por qué os trajo aquí?
—Nos dijo que debíamos destruir a los raros esos de ojos amarillos —parloteó Bree de buen grado—. Según él, iba a ser pan comido. Nos explicó que la ciudad era suya y que los de los ojos amarillos iban a venir a por nosotros. Toda la sangre sería para nosotros en cuanto desaparecieran. Nos dio su olor —Bree alzó una mano y hendió el aire con el dedo en mi dirección—. Dijo que identificaríamos al aquelarre en cuestión gracias a ella, que estaría con ellos. Prometió que ella sería para el primero que la tomara.
A mi lado sonó el chasquido de mandíbulas de Edward.
—Parece que Riley se equivocó en lo relativo a la facilidad —observó Jane.
Bree asintió. Parecía aliviada de que la conversación discurriera por derroteros indoloros.
—No sé qué ocurrió. Nos dividimos, pero los otros no volvieron. Riley nos abandonó, y no volvió para ayudarnos como había prometido. Luego, la pelea fue muy confusa y todos acabaron hechos pedazos —se volvió a estremecer—. Tenía miedo y quería salir pitando. Ese de ahí —continuó mientras miraba a Carlisle— dijo que no me haría daño si dejaba de luchar.
—Aja, pero no estaba en sus manos ofrecer tal cosa, jovencita —murmuró Jane con voz extrañamente gentil—. Quebrantar las reglas tiene consecuencias.
Bree la miró con fijeza sin comprender.
Jane contempló a Carlisle.
—¿Estáis seguros de haber acabado con todos? ¿Dónde están los otros?
El rostro de Carlisle denotaba una gran seguridad cuando asintió.
—También nosotros nos dividimos.
Jane esbozó una media sonrisa.
—No he de ocultar que estoy impresionada —las grandes sombras situadas a su espalda asintieron para demostrar que estaban de acuerdo con ella—. Jamás había visto a un aquelarre escapar sin bajas de un ataque de semejante magnitud. ¿Sabéis qué hay detrás del mismo? Parece un comportamiento muy extremo, máxime si consideramos el modo en que vivís aquí. ¿Por qué la muchacha es la clave?
Sin querer, sus ojos descansaron en mí durante unos segundos. Tuve un escalofrío.
—Victoria guardaba rencor a Bella —le explicó Edward, imperturbable.
Jane se carcajeó. El sonido era áureo, como la burbujeante risa de una niña feliz.
—Esto parece provocar las reacciones más fuertes y desmedidas de nuestra especie —apuntó mientras me miraba directamente con una sonrisa en su angelical rostro.
Edward se envaró. Le miré a tiempo de verle girar el rostro hacia Jane.
—¿Tendrías la bondad de no hacer eso? —le pidió con voz tensa.
Jane se echó a reír con indulgencia.
—Sólo era una prueba. Al parecer, no sufre daño alguno.
Tuve otro temblor y agradecí que mi organismo no hubiera corregido el fallo técnico que me había protegido de Jane la última vez que nos vimos. Edward me aferró con más fuerza.
—Bueno, parece que no nos queda mucho por hacer. ¡Qué raro! —dijo Jane mientras la apatía se filtraba otra vez en su voz—. No estamos acostumbrados a desplazarnos sin necesidad. Ha sido un fastidio perdernos la pelea. Da la impresión de que habría sido un espectáculo entretenido.
—Sí —saltó Edward con acritud—, y eso que estabais muy cerca. Es una verdadera lástima que no llegarais media hora antes. Quizás entonces podríais haber realizado vuestro trabajo al completo.
La firme mirada de Jane se encontró con la de Edward.
—Sí. Qué pena que las cosas hayan salido así, ¿verdad?
Edward asintió una vez para sí mismo, con sus sospechas confirmadas.
Jane se giró para contemplar a la neófita una vez más. Su rostro era de una apatía absoluta.
—¿Félix? —llamó arrastrando las palabras.
—Espera —intervino Edward.
Jane enarcó una ceja, pero Edward miraba a Carlisle mientras hablaba a toda prisa.
—Podemos explicarle las reglas a la joven. No parecía mal predispuesta a aprenderlas. No sabía lo que hacía.
—Por descontado —respondió Carlisle—. Estamos preparados para responsabilizarnos de Bree.
La vampiro se encontró dividida entre la incredulidad y la diversión.
—No hacemos excepciones ni damos segundas oportunidades —repuso—. Es malo para nuestra reputación, lo cual me recuerda... —de pronto, volvió a mirarme y su rostro de querubín se llenó de hoyuelos al sonreír—. Cayo estará muy interesado en saber que sigues siendo humana, Bella. Quizá decida hacerte una visita.
—Se ha fijado la fecha —le dijo Alice, hablando por vez primera—. Quizá vayamos a visitaros dentro de unos pocos meses.
La sonrisa de Jane se desvaneció y se encogió de hombros con indeferencia sin mirar a Alice. Se encaró con Carlisle:
—Ha estado bien conocerte, Carlisle... Siempre creí que Aro había exagerado. Bueno, hasta la próxima...
Carlisle asintió con expresión apenada.
—Encárgate de eso, Félix —ordenó Jane al tiempo que señalaba a Bree con la cabeza. Su voz sonaba cada vez más aburrida—. Quiero volver a casa.
—No mires —me susurró Edward al oído.
Era la única orden que tenía ganas de obedecer. Había visto más que de sobra para un solo día, y para toda una vida. Apreté los párpados con fuerza y giré el rostro hacia el pecho de Edward, pero...
...todavía oía.
Resonó un gruñido hondo y sordo y luego un aullido agudísimo que ya me empezaba a resultar horriblemente familiar. El grito se apagó enseguida, y luego sólo se oyeron los escalofriantes sonidos del aplastamiento y la desmembración.
Edward me acarició los hombros con ansiedad.
—Vamos —conminó Jane.
Alcé los ojos a tiempo de ver cómo las espaldas cubiertas por los grandes ropones grises se dirigían hacia los zarcillos de humo. El olor a incienso volvió a ser intenso...
...reciente.
Las sombrías vestiduras se desvanecieron en la espesa humareda.
Decisión Precipitada
Me tumbé boca abajo sobre el saco de dormir a la espera de que me cayera el mundo encima. Ojalá me enterrara allí mismo una avalancha. Deseaba de todo corazón que sucediera. No quería volver a verme el rostro en un espejo en mi vida.
No me avisó ningún sonido. La mano fría de Edward salió de la nada y se deslizó entre mi pelo enmarañado. Me estremecí llena de culpabilidad ante su contacto.
—¿Te encuentras bien? —murmuró, con la voz plena de ansiedad.
—No. Quiero morirme.
—Eso no ocurrirá jamás. No lo permitiré.
Gruñí y luego susurré:
—Tal vez cambies de idea.
—¿Dónde está Jacob?
—Se ha ido a luchar —mascullé contra el suelo.
Se había marchado del campamento con alegría, con un optimista «volveré» mientras echaba a correr. Iba encorvado cuando atravesó el claro, temblando ya mientras se preparaba para cambiar de forma. A esas alturas, la manada ya estaría al tanto de todo. Seth Clearwater, yendo de un lado para otro fuera de la tienda, había sido un testigo íntimo de mi desgracia.
Edward se quedó en silencio un buen rato.
—Oh —exclamó al fin.
Cuando oí el tono de su voz, temí que la avalancha no cayera lo suficientemente deprisa. Le clavé la mirada y estuve bastante segura, debido a sus ojos desenfocados, de que estaba atento a algo que yo hubiera preferido morir antes de que llegara a sus oídos. Dejé caer la cabeza de nuevo contra el suelo.
Me quedé paralizada cuando Edward se echó a reír entre dientes, de mala gana.
—Y yo pensaba que estaba jugando sucio —comentó con renuente admiración—. Me ha hecho quedar como el santo patrón de la ética —su mano acarició la parte de mi mejilla que quedaba al descubierto—. No estoy enfadado contigo, amor. Jacob es más astuto de lo que yo hubiera creído jamás, aunque hubiera deseado que no se lo hubieras pedido, claro.
—Edward —barboteé contra el áspero nailon—. Yo... yo... esto...
—Anda, calla —me silenció sin dejar de acariciarme la mejilla con los dedos—. No es eso lo que quería decir. Es sólo que él te habría besado de todos modos, incluso aunque tú no hubieras caído en sus redes, y ahora no tengo una buena excusa para partirle la cara. Y de verdad que lo hubiera disfrutado.
—¿Caído en sus redes? —mascullé de forma casi incomprensible.
—Bella, ¿realmente te has creído que él es así de noble, que habría desaparecido en el esplendor de la gloria sólo para dejarme el camino expedito?
Elevé el rostro con lentitud hasta encontrarme con su mirada paciente. Su expresión era amable y tenía los ojos llenos de comprensión, más que del rechazo que me merecía.
—Sí, claro que le creí —murmuré entre dientes y después miré hacia otro lado. A pesar de todo, no sentía ningún tipo de ira contra Jacob por hacer trampas. No había espacio suficiente en mi cuerpo para contener nada aparte del odio que sentía por mí misma.
Edward rió de nuevo, con suavidad.
—Eres tan mala mentirosa, que te cuesta creer que los demás puedan tener ni una pizca de esa habilidad.
—¿Por qué no estás enfadado conmigo? —susurré—. ¿Por qué no me odias? ¿O es que no te has enterado de toda la historia todavía?
—Creo que ya tengo suficiente con una cierta comprensión general de los hechos —comentó restándole importancia, casi con humor—. Jacob es capaz de crear imágenes mentales muy vividas. Apuesto a que ha conseguido que su manada se sienta tan mal, al menos, como yo. El pobre Seth tiene náuseas, pero Sam le está poniendo ya en vereda.
Cerré los ojos y sacudí la cabeza, experimentando una honda agonía. Las cortantes fibras de nailon del suelo de la tienda me arañaron la piel.
—Simplemente eres humana —me cuchicheó, pasando con lentitud su mano por mi pelo.
—Esa es la defensa más penosa que he oído en mi vida.
—Pero es la verdad, Bella, eres humana; y por mucho que yo desease que no fuese así, él también lo es... Hay huecos en tu vida que yo no puedo llenar y lo comprendo.
—No es verdad. Precisamente eso es lo que me convierte en un ser tan horrible. No es un problema de huecos.
—Tú le quieres —susurró con dulzura.
El intento de negarlo hacía que me doliera cada célula del cuerpo.
—Pero a ti te quiero más —le dije. No podía decir ninguna otra cosa.
—Sí, ya lo sé, claro, pero... cuando te abandoné, Bella, te dejé desangrándote. Jacob fue la persona que te puso los puntos para curarte. Eso os ha dejado una huella a ambos. No estoy muy seguro de que esta clase de puntos se disuelvan por sí mismos. Y no puedo culpar a ninguno de los dos por algo que yo convertí en una necesidad. Soy yo quien debe aspirar al perdón, pero aun así, eso no me eximirá de las consecuencias.
—Ya sabía yo que encontrarías alguna manera de culparte a ti mismo. Por favor, déjalo ya. No lo puedo soportar.
—Entonces, ¿qué quieres que te diga?
—Quiero que me llames por todos los nombres malos que conozcas y en cada lenguaje que sepas. Quiero que me digas lo disgustado que estás conmigo y que me vas a dejar, de forma que yo pueda suplicar y arrastrarme de rodillas para que te quedes.
—Lo siento —suspiró—. No puedo hacer eso.
—Al menos deja de intentar que me sienta mejor. Déjame sufrir. Me lo merezco.
—No —insistió él, en un murmullo bajo.
Asentí con lentitud.
—Vale, tienes razón. Continúa comportándote de ese modo tan comprensivo. Probablemente, eso sea mucho peor.
Se quedó en silencio unos momentos y sentí cómo la atmósfera se cargaba con una nueva sensación de urgencia.
—Es inminente —afirmé.
—Sí, dentro de unos cuantos minutos. Sólo me queda tiempo para decirte una cosa más...
Esperé. Cuando al fin comenzó a hablar, seguía haciéndolo en susurros.
—Yo sí puedo ser noble, Bella. Así que no voy a hacer que escojas entre los dos. Sólo sé feliz, y de ese modo toma lo que quieras de mí, o nada en absoluto, si eso te parece mejor. No dejes que ninguna deuda que creas tener conmigo influya en tu decisión.
Golpeé el suelo, alzándome sobre mis rodillas.
—¡Maldita sea, para esto de una vez! —le grité.
Sus ojos se dilataron sorprendidos.
—No, no lo entiendes. No estoy haciendo que te sientas mejor, Bella, es lo que pienso de verdad.
—Ya sé que lo piensas —rugí—. Pero ¿es que no vas a luchar? ¡No empieces ahora con lo del noble sacrificio! ¡Pelea!
—¿Cómo? —me preguntó y sus ojos de pronto parecieron muy antiguos, cargados de tristeza.
Salté sobre su regazo, arrojando mis brazos a su alrededor.
—No me importa si hace frío aquí. No me importa si huelo a perro. Hazme olvidar lo espantosa que soy, ayúdame a que le olvide. ¡Haz que olvide mi propio nombre! ¡Pelea de una vez!
No esperé a que se decidiera, ni a darle la oportunidad de decirme que él no estaba interesado en un monstruo cruel y despiadado como yo. Me apreté contra él y aplasté mi boca contra sus labios fríos como la nieve.
—Ten cuidado, amor —masculló bajo la urgencia de mi beso.
—No —gruñí.
Con dulzura, apartó mi rostro unos centímetros.
—No me tienes que probar nada.
—Ni lo pretendo. Dijiste que podría tener lo que quisiera de ti y esto es lo que deseo. Lo quiero todo —anudé mis brazos en torno a su cuello y me estiré para alcanzar sus labios. Él inclinó la cabeza para devolverme el beso, pero su boca fría se volvió más indecisa cuanto más se intensificaba mi impaciencia. Mi cuerpo tenía sus propias intenciones, y me arrastraba con él. Como de costumbre, movió las manos para sujetarme.
—Quizá no es el mejor momento para esto —sugirió, demasiado tranquilo para mi gusto.
—¿Por qué no? —refunfuñé. No había manera de luchar si él iba a adoptar una actitud racional; dejé caer los brazos.
—En primer lugar porque hace frío —se inclinó para coger el saco de dormir del suelo y me envolvió en él como si fuera una manta.
—No es verdad —le interrumpí—. El primer motivo es que te muestras extrañamente moralista para ser un vampiro.
El se rió entre dientes.
—De acuerdo, te doy la razón en eso. Pongamos el frío en segundo lugar. Y en tercero..., bueno, porque la verdad, cariño, es que apestas.
Arrugó la nariz.
Yo suspiré.
—En cuarto lugar —murmuró, bajando la cabeza tanto que pudo susurrar cerca de mi oreja—. Lo haremos, Bella. Cumpliré mi promesa de corazón, pero preferiría que no fuera como respuesta a Jacob Black.
Me encogí y enterré el rostro en su hombro.
—Y en quinto...
—Está siendo una lista muy pero que muy larga —cuchicheé.
Se echó a reír.
—Sí, pero ¿quieres escuchar lo de la lucha o no?
Mientras hablaba, Seth aulló de forma estridente fuera de la tienda.
El cuerpo se me puso rígido al oír el sonido. No me percaté de que había cerrado la mano izquierda en un puño, y se me habían clavado las uñas en la palma vendada, hasta que Edward la cogió y me abrió los dedos con ternura.
—Todo va a ir bien, Bella —me prometió—. Tenemos la habilidad, el entrenamiento y la sorpresa de nuestra parte. La lucha habrá acabado muy pronto. Si yo no lo pensara así de verdad, estaría ahora allí abajo y tú permanecerías aquí, encadenada a un árbol o adonde fuera que consiguiera tenerte a buen recaudo.
—Alice es tan pequeña —me lamenté.
Él se rió entre dientes.
—Eso podría ser un problema, claro... siempre que hubiera alguien capaz de atraparla.
Seth empezó a gimotear.
—¿Pasa algo malo? —le pregunté.
—Qué va, simplemente está enfadado por tener que quedarse con nosotros. Sabe que la manada lo ha confinado aquí para mantenerle apartado de la acción y protegerle. Está salivando de ganas de reunirse con ellos.
Puse cara de pocos amigos en la dirección adonde estaba Seth.
—Los neófitos han llegado al final de la pista, y todo funciona como si fuera resultado de un encantamiento, este Jasper es un genio. También han captado el rastro de los que están en el prado, así que ahora se están dividiendo en dos grupos, como predijo Alice —murmuró Edward, con los ojos concentrados en algún lugar lejano—. Sam nos está convocando para encabezar la partida de la emboscada —estaba tan concentrado en lo que escuchaba que usó el plural empleado por la manada de forma habitual.
De repente, bajó la mirada hacia mí.
—Respira, Bella.
Luché para hacer lo que me pedía. Podía escuchar el pesado jadeo de Seth justo fuera de la pared de la tienda e intenté emparejar mis pulmones al mismo ritmo regular, de modo que no terminara hiperventilando.
—El primer grupo está en el claro. Podemos escuchar la pelea.
Los dientes se me cerraron de forma audible.
Se rió una vez.
—Podemos oír a Emmett... Se lo está pasando genial.
Me obligué de nuevo a respirar a la vez que Seth.
Edward gruñó.
—Están hablando de ti —los dientes se le cerraron también de golpe—. Se supone que deben asegurarse de que no escapes… ¡Buen movimiento! Vaya, qué rápida murmuró con aprobación—. Uno de los neófitos ha descubierto nuestro olor y Leah le ha tumbado antes de que ni siquiera pudiera volverse. Sam le está ayudando a deshacerse de él. Paul y Jacob han cogido a otro, pero los demás se han puesto a la defensiva. No tienen ni idea de qué hacer con nosotros. Ambos grupos están fintando. No, dejad que Sam lo lidere, apartaos del camino —masculló entre dientes—. Separadlos, no les dejéis que se protejan las espaldas unos a otros.
Seth gañó.
—Eso está mejor, llevadlos hacia el claro —asintió Edgard.
Su cuerpo cambiaba inconscientemente de posición mientras observaba, poniéndose en tensión, anticipando los movimientos que habría hecho de hallarse presente. Sus manos todavía sostenían las mías y yo entrelacé mis dedos con los suyos. Al menos, él no estaba allí abajo.
La única advertencia fue la súbita ausencia de sonidos.
El ritmo acelerado de la respiración de Seth se cortó y como yo había acompasado mi respiración a la suya, lo noté.
Dejé de respirar también, demasiado asustada incluso para poner mis pulmones en funcionamiento cuando me di cuenta de que Edgard se había transformado en un bloque de hielo a mi lado.
Oh, no. No. No
¿Quién había perdido? ¿Ellos o nosotros? Míos, todos eran míos. Pero ¿en qué iba a consistir mi pérdida?
Tan rápido ocurrió que no supe con toda exactitud cuándo fue. De pronto se puso en pie y la tienda cayó hecha jirones a mi alrededor. ¿Era Edward él que lo había hecho? ¿Por qué?
Bizqueé, aturdida bajo la brillante luz del sol. Seth era todo lo que podía ver, justo a nuestro lado, con su rostro sólo a veinte centímetros del de Edward. Se miraron el uno al otro con concentración absoluta durante un segundo que se me hizo eterno. El sol relumbraba sobre la piel de Edward y enviaba chispas de luz hacia la pelambre de Seth.
Y entonces, Edward susurró imperiosamente:
—¡Corre, Seth!
El gran lobo aceleró y desapareció entre las sombras del bosque.
¿Habían pasado dos segundos completos? Me habían parecido horas. Me sentí aterrorizada hasta el punto de las náuseas por la certeza de que la cosa se había torcido en el claro y había ocurrido algo horrible. Abrí la boca para pedirle a Edward que me llevara allí y que lo hiciera ya. Ellos le necesitaban y también a mí. Si tenía que sangrar para salvarlos, lo haría. Moriría por ello, como la tercera esposa. No tenía ninguna daga de plata en mis manos, mas seguro que encontraría una forma...
Pero antes de que pudiera decir ni una sílaba, sentí como si me hubiesen sacado el aire del cuerpo de un solo golpe. Como las manos de Edward nunca me habían soltado, simplemente quería decir que nos estábamos moviendo, tan rápido que la sensación era como de caerse de lado.
Me encontré de pronto con la espalda aplastada contra la escarpada falda del acantilado. Edward se puso delante de mí, en una postura que yo conocía muy bien.
El alivio me recorrió la mente al mismo tiempo que el estómago se me hundía hasta las plantas de los pies.
Le había malinterpretado.
Alivio: no había sucedido nada malo en el claro.
Horror: la crisis estaba teniendo lugar aquí.
Edward adoptó una posición defensiva, medio agachado, con los brazos adelantados ligeramente, una pose que me trajo un recuerdo tan duro que me sentí mareada. La roca a mi espalda igual hubiera podido ser aquella antigua pared de ladrillo de un callejón italiano, donde él se había interpuesto entre los guerreros Vulturis, cubiertos con sus mantos negros, y yo.
Algo venía a por nosotros.
—¿Quién es? —murmuré.
Las palabras salieron entre sus dientes con un rugido más alto de lo que yo esperaba. Demasiado alto. Eso quería decir que ya no había posibilidad alguna de esconderse. Estábamos atrapados y daba igual quién escuchara su respuesta.
—Victoria —contestó, escupiendo la palabra como si fuera una maldición —. No está sola. Nunca tuvo intención de participar en la lucha, pero seguía a los neófitos para observar. Cuando percibió mi olor, tomó la decisión de seguirlo por pura intuición, adivinando que tú permanecerías donde yo estuviera. Y ha acertado. Tú llevabas razón, detrás de todo esto siempre estuvo ella y nadie más que ella.
Victoria estaba lo bastante cerca para que él pudiera escuchar sus pensamientos.
Me sentí aliviada otra vez. Si hubieran sido los Vulturis, ambos estaríamos muertos. Pero con Victoria, no teníamos que ser los dos. Edward podría sobrevivir a esto. Era un buen luchador, tan bueno como Jasper. Si ella no traía a otros consigo, podría abrirse camino hasta volver con su familia. Edward era más rápido que ninguno. Sería capaz de hacerlo.
Me alegraba mucho de que él hubiera hecho marcharse a Seth, pero claro, no había nadie a quien el lobo pudiera acudir en busca de ayuda. Victoria había sincronizado perfectamente su actuación. Al menos, Seth estaba a salvo; no imaginaba al enorme lobo de color arena cuando pensaba en él: sólo veía al desgarbado chico de quince años.
El cuerpo de Edward se movió, de forma infinitesimal, pero me permitió saber hacia dónde mirar. Observé las sombras oscuras del bosque.
Era como si mis pesadillas caminaran a mi encuentro con la idea de saludarme.
Dos vampiros se deslizaron con lentitud dentro de la pequeña abertura de nuestro campamento, con los ojos atentos, sin perder nada de vista. Brillaban como diamantes bajo el sol.
Apenas pude echar una ojeada al chico rubio; porque sí, era sólo un chico, a pesar de su altura y su musculatura, y quizá tenía mi edad cuando le convirtieron. Sus ojos, del color rojo más intenso que había visto nunca, no retuvieron mi atención, y pese a ser el que estaba más cerca de Edward, y el peligro más cercano, casi no le vi...
... porque a pocos metros y algo más atrás, Victoria clavó su mirada en la mía.
Su pelo de color anaranjado era más brillante de lo que recordaba, parecido a una llama. No había viento, pero el fuego alrededor de su rostro parecía hacerle titilar un poco, como si estuviera vivo.
Tenía los ojos negros por la sed. No sonreía, como siempre había hecho en mis pesadillas, sino que apretaba los labios en una línea tensa. Había una sorprendente cualidad felina en el modo en que acuclillaba el cuerpo, como una leona a la espera de la oportunidad para atacar. Su mirada salvaje e inquieta fluctuaba entre Edward y yo, pero nunca descansaba en él más de medio segundo. No podía apartar sus ojos de mi rostro más de lo que yo podía apartar los míos.
Emanaba tensión de un modo que parecía casi visible en el aire. Podía sentir el deseo, la pasión arrolladura que la tenía bien aferrada en sus garras. Supe lo que estaba pensando, casi como si yo pudiera oír también sus pensamientos.
Estaba tan cerca de lo que quería, el centro de toda su existencia durante más de un año, ahora estaba tan cerca...
Mi muerte.
Su plan era tan obvio como práctico. El chico rubio y grande atacaría a Edward, y ella me liquidaría tan pronto como Edward estuviera suficientemente distraído.
Sería rápido, porque no le quedaba mucho tiempo para juegos, pero también definitivo. Algo de lo que no sería posible recobrarse. Algo que ni siquiera la ponzoña de un vampiro podría reparar.
Ella tendría que detener mi corazón. Quizá lanzando una mano contra mi pecho, hasta aplastarlo. O cualquier otra cosa parecida.
Mi corazón latió con furia, ruidosamente, como si quisiera ofrecer un objetivo más obvio.
A una inmensa distancia, lejos, más allá del bosque oscuro, el aullido de un lobo hizo eco en el aire sereno. Como Seth se había marchado, no había forma de interpretar el sonido.
El chico rubio miró a Victoria por el rabillo del ojo, esperando una orden.
Era joven en más de un sentido. Lo supuse porque el brillante iris escarlata no duraba mucho tiempo en un vampiro, y esto quería decir que sería muy fuerte, pero poco ducho en las artes de la pelea. Edward sabría cómo deshacerse de él. Y sobreviviría.
Victoria proyectó su barbilla hacia Edward, ordenando al chico, sin palabras, que atacara.
—Riley —dijo Edward con voz dulce, suplicante. El joven rubio se quedó helado, con los ojos dilatados por la sorpresa—. Te está mintiendo, Riley —continuó Edward—. Escúchame. Te miente del mismo modo que mintió a los otros que ahora están muriendo en el claro. Tú ya sabes que ella los ha engañado, porque te ha utilizado para ello, ya que ninguno de vosotros pensó jamás en ir a socorrerlos. ¿Es tan difícil creer que su falsedad también te alcance a ti?
La confusión se expandió por el rostro de Riley.
Edward se movió unos cuantos centímetros hacia un lado y Riley compensó el movimiento de modo automático ajustando de nuevo su posición.
—Ella no te quiere, Riley —la voz de Edward era persuasiva, casi hipnótica—. Nunca te ha amado. Victoria amó una vez a alguien que se llamaba James y tú no eres más que un instrumento para ella.
Cuando dijo el nombre de James, los labios de Victoria se retrajeron en una mueca que mostraba todos sus dientes. Sus ojos continuaron clavados en mí.
Riley lanzó una mirada frenética en su dirección.
—¿Riley? —insistió Edward.
Éste volvió a concentrarse en Edward de forma instintiva.
—Ella sabe que te mataré, Riley. Quiere que tú mueras, para no tener que mantener más su fachada. Sí, eso sí lo ves, ¿verdad? Ya has notado la renuencia en sus ojos, has sospechado de esa nota falsa que se percibe en sus promesas. Llevas razón. Ella nunca te ha querido. Todos los besos y todas las caricias no eran más que mentiras.
Edward trasladó su peso de nuevo unos cuantos centímetros más hacia el muchacho y se apartó otros tantos de mí.
La mirada de Victoria se ajustó al espacio que se había abierto entre nosotros. No le llevaría más de un segundo matarme, y sólo necesitaba el más pequeño atisbo de oportunidad para hacerlo.
Riley volvió a cambiar su posición esta vez con más lentitud.
—No tienes por qué morir —le prometió Edward, con los ojos fijos en los del muchacho—. Hay otras formas de vivir distintas a la que ella te ha enseñado. No todo son mentiras ni sangre, Riley. Puedes seguir un camino nuevo desde ahora. No debes morir por culpa de sus engaños.
Edward deslizó un pie hacia delante y hacia un lado. Ahora había medio metro entre él y yo. Riley se retrasó algo más de lo necesario para compensar el avance de Edward. Victoria se inclinó hacia delante, sobre sus talones.
—Es tu última oportunidad, Riley —susurró Edward.
El rostro del joven vampiro mostraba verdadera desesperación mientras escrutaba a Victoria en busca de respuestas.
—El es el mentiroso, Riley —intervino Victoria y se me abrió la boca de puro asombro al escuchar el sonido de su voz—. Ya te advertí acerca de sus truquitos mentales. Tú sabes que te quiero.
Su voz no era el salvaje gruñido gatuno que parecía el más idóneo para su figura. Por el contrario, resultaba dulce, agudo, con un toque de soprano, casi como el de un bebé. El tipo de voz que va acorde con rizos rubios y chicle de color rosa. No tenía sentido que saliera de entre sus dientes desnudos y relucientes.
Riley apretó la mandíbula y cuadró los hombros. Sus ojos se vaciaron de todo tipo de confusión o de sospecha y de cualquier otra clase de pensamiento. Se tensó para atacar.
El cuerpo de Victoria parecía temblar de tan agazapada como estaba. Sus manos se habían convertido en garras a la espera de que Edward se separara sólo un centímetro más de mí.
El gruñido no procedió de ninguno de ellos.
Una forma similar a la de un mamut de color tostado cayó sobre el centro del claro, arrojando al suelo a Riley.
—¡No! —gritó Victoria, contrariada, con su voz de bebé aguda por la incredulidad.
A un metro y medio de mí el enorme lobo arrancó algo de cuajo y lo separó del cuerpo del vampiro rubio. Un objeto blanco y duro chocó contra las rocas al lado de mis pies. Me deslicé a un lado para apartarme.
Victoria no desperdició ni una sola mirada en el chico al cual había jurado poco antes su amor. Tenía los ojos aún fijos en mí, llenos de una decepción tan feroz que le daba un aspecto desquiciado.
—No —repitió entre dientes, mientras Edward comenzaba a moverse hacia ella, bloqueándole su acceso hasta mí.
Riley estaba de nuevo de pie, con una apariencia contrahecha y demacrada, pero aún capaz de lanzar un perverso golpe hacia el hombro de Seth. Oí cómo se partía el hueso. Seth se retiró y comenzó a girar sobre sí mismo, cojeando. Riley avanzó las manos de nuevo, preparado, aunque me parecía que le faltaba parte de una de ellas...
A pocos metros de esta pelea, Victoria y Edward fintaban.
En realidad no daban vueltas, porque Edward no iba a permitirle adquirir una posición más cercana a mí. Ella se deslizaba hacia atrás, moviéndose de un lado al otro, intentando encontrar un hueco en su defensa. El seguía su juego de piernas con agilidad, acechándola con perfecta concentración. Comenzaba a moverse justo una fracción de segundo antes de que ella se moviera, leyendo sus intenciones en sus pensamientos.
Seth embistió a Riley de costado y volvió a arrancarle algo que provocó un horrísono y chirriante alarido de dolor. Otro gran trozo blanco y pesado cayó en el bosque con un golpe sordo. Riley rugió de furia y Seth saltó hacia atrás, extrañamente ligero para su tamaño, mientras el neófito lanzaba un golpe hacia él con la mano destrozada.
Victoria se abrió camino en zigzag hacia el extremo más lejano del pequeño claro. Estaba dividida: sus pies la empujaban hacia la seguridad, pero sus ojos mostraban su ansia al clavarse en mí como si fueran imanes, atrayéndola hacia mi lugar. Podía ver cómo luchaban en su interior el deseo ardiente de matar contra el instinto de supervivencia.
Edward también podía ver esto, claro.
—No te vayas, Victoria —murmuró en el mismo tono hipnótico de antes—. Nunca tendrás otra oportunidad como ésta.
Ella le mostró los dientes y siseó en su dirección, pero parecía incapaz de alejarse de mí.
—Siempre podrás huir luego —ronroneó Edward—. Tendrás mucho tiempo para eso. Es lo que haces siempre, ¿no? Ese es el motivo por el que te retenía James. Le eras útil, pese a tu afición a los juegos mortales. Una compañera con un asombroso instinto para la huida. El no debería haberte dejado. Bien que le habrían venido tus habilidades cuando le cogimos en Phoenix.
Un rugido brotó entre los dientes de ella.
—Sin embargo, eso fue todo lo que significaste para él. Es de tontos malgastar tanta energía vengando a alguien que sintió menos afecto por ti que un cazador por su perro. No fuiste para él nada más que alguien oportuno. Yo lo supe.
Edward esbozó una sonrisa torcida mientras se golpeaba la sien con un dedo.
Con un aullido estrangulado, Victoria se precipitó contra los árboles de nuevo, fintando hacia un lado. Edward respondió y el baile comenzó de nuevo.
Justo entonces, el puño de Riley alcanzó el flanco de Seth y un gemido bajo se ahogó en la garganta del lobo gigante. Seth retrocedió con los hombros encogidos, como si intentara sacudirse el dolor.
Por favor, quise rogarle a Riley, pero no me funcionaron los músculos para abrir la boca o para expulsar el aire de mis pulmones. Por favor, es sólo un niño.
¿Por qué no habría huido Seth? ¿Por qué no lo hacía ahora?
Riley estaba cerrando de nuevo la distancia entre ellos, empujando a Seth contra la pared de roca donde yo me encontraba. Victoria pareció de pronto interesada en el destino de su compañero. Podía verla mirando de reojo, juzgando la distancia entre Riley y yo. Seth atacó de nuevo a Riley, que se vio obligado a retirarse y Victoria siseó.
Seth ya no cojeaba. Dando vueltas, se topó con la espalda de Edward, la cual rozó con la cola, y los ojos de Victoria casi se salieron de sus órbitas.
—No, no se volverá contra mí —le dijo Edward, contestando la pregunta que había surgido en su mente y usó su distracción para deslizarse más cerca de ella—. Tú nos has suministrado un enemigo común, nos has convertido en aliados.
Ella apretó los dientes, intentando mantener concentrada su atención sólo en Edward.
—Míralo más de cerca, Victoria —murmuró él, tirando de los hilos de su concentración—. ¿De verdad se parece tanto al monstruo cuyo rastro siguió James desde Siberia?
Sus ojos se abrieron del todo, y después comenzaron a oscilar salvajemente entre Edward, Seth y yo, de uno en uno.
—¿No es el mismo? —gruñó con su voz de soprano, de niña pequeña—. ¡Es imposible!
—Nada es imposible —murmuró Edward, con la voz suave como el terciopelo mientras se acercaba a ella centímetro a centímetro—, excepto lo que tú quieres. Jamás la tocarás.
Ella sacudió la cabeza de manera rápida y entrecortada, intentando evitar sus movimientos de distracción y evadirlo pero él se colocó en el lugar apropiado para bloquearla tan pronto como ella pensó el plan. Su rostro se contorsionó de pura frustración y después se agazapó aún más, como una leona de nuevo, y atacó de forma deliberada hacia delante.
Victoria no estaba precisamente falta de experiencia ni era una neófita dirigida por sus instintos, sino que resultaba letal. Como yo conocía la diferencia entre ella y Riley, sabía que Seth no hubiera durado tanto si hubiera estado luchando contra esa vampira.
Edward también cambió de posición, conforme se acercaron el uno al otro, y aquello se convirtió en una lucha entre un león y una leona.
El baile aumentó de ritmo.
Una danza similar a la de Alice y Jasper en el prado, una espiral borrosa de movimientos, sólo que esta danza no estaba coreografiada de modo tan perfecto. Agudos crujidos y chasquidos reverberaban de la pared del acantilado, conforme alguien era desalojado de su lugar. Pero se movían tan rápido que no podía decir quién cometía los errores...
Riley se distrajo con ese violento ballet, con los ojos llenos de ansiedad por su compañera. Seth atacó de nuevo, arrancando de otro bocado un pequeño trozo del vampiro. Riley bramó y lanzó un tremendo golpe de revés que acertó de lleno en el amplio pecho de Seth. Su cuerpo enorme se elevó más de tres metros y chocó contra la pared rocosa sobre mi cabeza con una fuerza que pareció sacudir todo el pico de la montaña. Oí cómo se escapaba el aire de mis pulmones y salté fuera de su camino cuando él rebotó contra la piedra y cayó sobre el suelo a pocos metros de donde yo me hallaba.
Un bajo gimoteo se escapó de entre sus dientes.
Empezaron a caerme fragmentos agudos de roca sobre la cabeza, arañándome la piel desnuda. Una astilla de roca afilada me cayó encima del brazo derecho y la aferré irreflexivamente. Mis dedos se cerraron a su alrededor cuando se activaron mis propios instintos de supervivencia. Mi cuerpo se preparaba para luchar, sin preocuparse de lo poco efectivo que fuera el gesto, al no haber ocasión alguna para la huida.
Se me disparó la adrenalina en las venas. Notaba que la abrazadera me cortaba la palma y sentía las protestas de la fisura de mi nudillo. Era consciente de todo esto, pero a pesar de ello no podía sentir dolor.
Detrás de Riley, todo lo que se podía ver era la llama fluctuante del pelo de Victoria y un borrón blanco. Los chasquidos metálicos y los desgarrones aumentaban de ritmo, lo mismo que los jadeos y los siseos horrorizados, lo cual dejaba claro que el baile se estaba volviendo mortal para alguien.
Pero ¿para quién?
Riley se deslizó hacia mí, con los ojos rojos brillantes de furia. Miró hacia la montaña renqueante de pelo color arena que se encontraba entre nosotros y sus manos, destrozadas y rotas, se cerraron como garras. Abrió la boca del todo, con los dientes brillantes, como si se estuviera preparando para desgarrar la garganta de Seth.
Un segundo latigazo de adrenalina me atravesó como un choque eléctrico y de pronto lo vi todo claro.
Ambas luchas se desarrollaban demasiado cerca. Seth estaba a punto de perder la suya y no tenía ni idea de si Edward ganaba o perdía. Ambos necesitaban ayuda. Una distracción. Algo que les diera una oportunidad.
Mi mano aferró la astilla de piedra tan fuerte que uno de los soportes de la abrazadera se rompió.
¿Tendría la suficiente fuerza? ¿Sería lo bastante valiente? ¿Cuánta energía haría falta para enterrar la piedra rugosa en mi cuerpo?
¿Le daría eso a Seth el tiempo necesario para volver a ponerse en pie? ¿Se curaría lo bastante rápido como para que mi sacrificio le diera alguna oportunidad?
Con la punta aguda del fragmento me subí el grueso jersey hacia arriba para exponer la piel y después presioné la parte más afilada contra la arruga de mi codo. Allí tenía la larga cicatriz que me hice la noche de mi último cumpleaños, cuando derramé suficiente sangre como para captar la atención de todos los vampiros y dejarlos helados en sus sitios por un momento. Recé para que volviera a funcionar. Me envaré y aspiré un gran trago de aire.
Victoria se distrajo con el sonido de mi jadeo. Sus ojos, detenidos durante la mínima fracción de un segundo, se encontraron con los míos. En su expresión se mezclaban la furia y la curiosidad de una forma extraña.
No sé cómo pude escuchar ese pequeño ruido con todos los otros que reverberaban en la pared de piedra y me martilleaban el cerebro. El sonido de los latidos de mi propio corazón podría haber sido suficiente para haberlo ahogado. Pero en el mismo segundo en que miré a Victoria a los ojos, creo que fui capaz de oír un familiar suspiro exasperado.
En ese mismo corto segundo, el baile se detuvo de manera violenta. Pasó tan deprisa que ya había terminado antes de que yo pudiera seguir la secuencia exacta de los hechos. Intenté captarlos como pude en mi mente.
Victoria había salido volando del borrón y había chocado contra un alto abeto, más o menos a la mitad del tronco. Cayó sobre la tierra ya agazapada para saltar.
De forma simultánea, Edward, del todo invisible por la velocidad, se volvió a sus espaldas y cogió al desprevenido Riley por el brazo. Me pareció como si Edward plantara su pie contra su espalda y tirara hacia arriba...
El pequeño campamento se llenó con el taladrante aullido de agonía de Riley.
Al mismo tiempo, Seth saltó sobre sus patas y me ocultó la mayor parte de la visión.
Pero aún podía ver a Victoria. Y aunque parecía extrañamente deformada, como si fuera incapaz de enderezarse por completo, pude distinguir la sonrisa que atravesaba su rostro salvaje, la misma que aparecía en mis sueños.
Se agachó y saltó.
Algo pequeño y blanco silbó por el aire y colisionó con ella en pleno vuelo. El impacto sonó como una explosión, y la lanzó contra otro árbol, que esta vez se partió por la mitad. Volvió a aterrizar sobre sus pies, agazapada y preparada, pero Edward ya ocupaba su posición. Sentí cómo el alivio barría mi corazón cuando le vi de pie y en perfecto estado.
Victoria pateó algo a un lado con un golpe de su pie desnudo, el misil que había abortado su ataque. Vino dando vueltas hasta mí y me di cuenta de lo que era.
Se me encogió el estómago.
Los dedos todavía se retorcían. Aferrándose a las hojas de hierba, el brazo de Riley comenzó a moverse de forma convulsiva por el suelo.
Seth estaba de nuevo dando vueltas en torno a Riley, mientras éste se retiraba. Caminaba de espaldas ante el licántropo que avanzaba, con el rostro rígido por el dolor. Alzó su único brazo a la defensiva.
Seth cayó sobre Riley y el vampiro perdió el equilibrio. Vi al lobo hundir los dientes en el hombro de Riley y luego tirar, saltando hacia atrás de nuevo.
Con un chirrido metálico que taladraba los oídos, Riley perdió su otro brazo.
Seth sacudió la cabeza, lanzando la extremidad contra los árboles. El entrecortado ruido siseante que salió de entre sus dientes sonaba como una risita burlona.
Riley gritó con un lamento torturado.
—¡Victoria!
Ella ni siquiera se estremeció al oír el sonido de su nombre. Sus ojos ni siquiera hicieron el intento de moverse hacia su compañero.
Seth se lanzó hacia delante con la fuerza de una bola de demolición. El golpe les llevó a ambos entre los árboles, donde los chirridos metálicos eran acompañados por los gritos agónicos de Riley. Éstos cesaron de repente, mientras que continuaron los ruidos de trituración de la materia pétrea del cuerpo del vampiro.
Aunque no malgastó en Riley ni una mirada de despedida, Victoria pareció darse cuenta de que estaba sola. Comenzó a apartarse de Edward con una decepción infinita llameando en sus ojos. Me lanzó una corta mirada de anhelo y después empezó a retirarse más deprisa.
—No —canturreó suavemente Edward, con su voz seductora—. Quédate un poco más.
Ella aceleró y voló hacia el refugio del bosque como la flecha de un arco.
Pero Edward fue más rápido, como la bala de una pistola.
La agarró por la espalda desprotegida justo al borde de los árboles y el baile se acabó con un último y sencillo paso.
La boca de Edward se deslizó por su cuello como una caricia. El estruendo chirriante de los esfuerzos de Seth cubrió cualquier otro ruido, o no hubo ningún sonido distintivo que permitiera dar una imagen clara de violencia. Lo mismo podría haber estado besándola.
Y luego su ardiente maraña de pelo ya no siguió conectada al resto de su cuerpo. Las temblorosas olas anaranjadas de sus cabellos cayeron al suelo y dieron un salto antes de rodar hacia los árboles.
No me avisó ningún sonido. La mano fría de Edward salió de la nada y se deslizó entre mi pelo enmarañado. Me estremecí llena de culpabilidad ante su contacto.
—¿Te encuentras bien? —murmuró, con la voz plena de ansiedad.
—No. Quiero morirme.
—Eso no ocurrirá jamás. No lo permitiré.
Gruñí y luego susurré:
—Tal vez cambies de idea.
—¿Dónde está Jacob?
—Se ha ido a luchar —mascullé contra el suelo.
Se había marchado del campamento con alegría, con un optimista «volveré» mientras echaba a correr. Iba encorvado cuando atravesó el claro, temblando ya mientras se preparaba para cambiar de forma. A esas alturas, la manada ya estaría al tanto de todo. Seth Clearwater, yendo de un lado para otro fuera de la tienda, había sido un testigo íntimo de mi desgracia.
Edward se quedó en silencio un buen rato.
—Oh —exclamó al fin.
Cuando oí el tono de su voz, temí que la avalancha no cayera lo suficientemente deprisa. Le clavé la mirada y estuve bastante segura, debido a sus ojos desenfocados, de que estaba atento a algo que yo hubiera preferido morir antes de que llegara a sus oídos. Dejé caer la cabeza de nuevo contra el suelo.
Me quedé paralizada cuando Edward se echó a reír entre dientes, de mala gana.
—Y yo pensaba que estaba jugando sucio —comentó con renuente admiración—. Me ha hecho quedar como el santo patrón de la ética —su mano acarició la parte de mi mejilla que quedaba al descubierto—. No estoy enfadado contigo, amor. Jacob es más astuto de lo que yo hubiera creído jamás, aunque hubiera deseado que no se lo hubieras pedido, claro.
—Edward —barboteé contra el áspero nailon—. Yo... yo... esto...
—Anda, calla —me silenció sin dejar de acariciarme la mejilla con los dedos—. No es eso lo que quería decir. Es sólo que él te habría besado de todos modos, incluso aunque tú no hubieras caído en sus redes, y ahora no tengo una buena excusa para partirle la cara. Y de verdad que lo hubiera disfrutado.
—¿Caído en sus redes? —mascullé de forma casi incomprensible.
—Bella, ¿realmente te has creído que él es así de noble, que habría desaparecido en el esplendor de la gloria sólo para dejarme el camino expedito?
Elevé el rostro con lentitud hasta encontrarme con su mirada paciente. Su expresión era amable y tenía los ojos llenos de comprensión, más que del rechazo que me merecía.
—Sí, claro que le creí —murmuré entre dientes y después miré hacia otro lado. A pesar de todo, no sentía ningún tipo de ira contra Jacob por hacer trampas. No había espacio suficiente en mi cuerpo para contener nada aparte del odio que sentía por mí misma.
Edward rió de nuevo, con suavidad.
—Eres tan mala mentirosa, que te cuesta creer que los demás puedan tener ni una pizca de esa habilidad.
—¿Por qué no estás enfadado conmigo? —susurré—. ¿Por qué no me odias? ¿O es que no te has enterado de toda la historia todavía?
—Creo que ya tengo suficiente con una cierta comprensión general de los hechos —comentó restándole importancia, casi con humor—. Jacob es capaz de crear imágenes mentales muy vividas. Apuesto a que ha conseguido que su manada se sienta tan mal, al menos, como yo. El pobre Seth tiene náuseas, pero Sam le está poniendo ya en vereda.
Cerré los ojos y sacudí la cabeza, experimentando una honda agonía. Las cortantes fibras de nailon del suelo de la tienda me arañaron la piel.
—Simplemente eres humana —me cuchicheó, pasando con lentitud su mano por mi pelo.
—Esa es la defensa más penosa que he oído en mi vida.
—Pero es la verdad, Bella, eres humana; y por mucho que yo desease que no fuese así, él también lo es... Hay huecos en tu vida que yo no puedo llenar y lo comprendo.
—No es verdad. Precisamente eso es lo que me convierte en un ser tan horrible. No es un problema de huecos.
—Tú le quieres —susurró con dulzura.
El intento de negarlo hacía que me doliera cada célula del cuerpo.
—Pero a ti te quiero más —le dije. No podía decir ninguna otra cosa.
—Sí, ya lo sé, claro, pero... cuando te abandoné, Bella, te dejé desangrándote. Jacob fue la persona que te puso los puntos para curarte. Eso os ha dejado una huella a ambos. No estoy muy seguro de que esta clase de puntos se disuelvan por sí mismos. Y no puedo culpar a ninguno de los dos por algo que yo convertí en una necesidad. Soy yo quien debe aspirar al perdón, pero aun así, eso no me eximirá de las consecuencias.
—Ya sabía yo que encontrarías alguna manera de culparte a ti mismo. Por favor, déjalo ya. No lo puedo soportar.
—Entonces, ¿qué quieres que te diga?
—Quiero que me llames por todos los nombres malos que conozcas y en cada lenguaje que sepas. Quiero que me digas lo disgustado que estás conmigo y que me vas a dejar, de forma que yo pueda suplicar y arrastrarme de rodillas para que te quedes.
—Lo siento —suspiró—. No puedo hacer eso.
—Al menos deja de intentar que me sienta mejor. Déjame sufrir. Me lo merezco.
—No —insistió él, en un murmullo bajo.
Asentí con lentitud.
—Vale, tienes razón. Continúa comportándote de ese modo tan comprensivo. Probablemente, eso sea mucho peor.
Se quedó en silencio unos momentos y sentí cómo la atmósfera se cargaba con una nueva sensación de urgencia.
—Es inminente —afirmé.
—Sí, dentro de unos cuantos minutos. Sólo me queda tiempo para decirte una cosa más...
Esperé. Cuando al fin comenzó a hablar, seguía haciéndolo en susurros.
—Yo sí puedo ser noble, Bella. Así que no voy a hacer que escojas entre los dos. Sólo sé feliz, y de ese modo toma lo que quieras de mí, o nada en absoluto, si eso te parece mejor. No dejes que ninguna deuda que creas tener conmigo influya en tu decisión.
Golpeé el suelo, alzándome sobre mis rodillas.
—¡Maldita sea, para esto de una vez! —le grité.
Sus ojos se dilataron sorprendidos.
—No, no lo entiendes. No estoy haciendo que te sientas mejor, Bella, es lo que pienso de verdad.
—Ya sé que lo piensas —rugí—. Pero ¿es que no vas a luchar? ¡No empieces ahora con lo del noble sacrificio! ¡Pelea!
—¿Cómo? —me preguntó y sus ojos de pronto parecieron muy antiguos, cargados de tristeza.
Salté sobre su regazo, arrojando mis brazos a su alrededor.
—No me importa si hace frío aquí. No me importa si huelo a perro. Hazme olvidar lo espantosa que soy, ayúdame a que le olvide. ¡Haz que olvide mi propio nombre! ¡Pelea de una vez!
No esperé a que se decidiera, ni a darle la oportunidad de decirme que él no estaba interesado en un monstruo cruel y despiadado como yo. Me apreté contra él y aplasté mi boca contra sus labios fríos como la nieve.
—Ten cuidado, amor —masculló bajo la urgencia de mi beso.
—No —gruñí.
Con dulzura, apartó mi rostro unos centímetros.
—No me tienes que probar nada.
—Ni lo pretendo. Dijiste que podría tener lo que quisiera de ti y esto es lo que deseo. Lo quiero todo —anudé mis brazos en torno a su cuello y me estiré para alcanzar sus labios. Él inclinó la cabeza para devolverme el beso, pero su boca fría se volvió más indecisa cuanto más se intensificaba mi impaciencia. Mi cuerpo tenía sus propias intenciones, y me arrastraba con él. Como de costumbre, movió las manos para sujetarme.
—Quizá no es el mejor momento para esto —sugirió, demasiado tranquilo para mi gusto.
—¿Por qué no? —refunfuñé. No había manera de luchar si él iba a adoptar una actitud racional; dejé caer los brazos.
—En primer lugar porque hace frío —se inclinó para coger el saco de dormir del suelo y me envolvió en él como si fuera una manta.
—No es verdad —le interrumpí—. El primer motivo es que te muestras extrañamente moralista para ser un vampiro.
El se rió entre dientes.
—De acuerdo, te doy la razón en eso. Pongamos el frío en segundo lugar. Y en tercero..., bueno, porque la verdad, cariño, es que apestas.
Arrugó la nariz.
Yo suspiré.
—En cuarto lugar —murmuró, bajando la cabeza tanto que pudo susurrar cerca de mi oreja—. Lo haremos, Bella. Cumpliré mi promesa de corazón, pero preferiría que no fuera como respuesta a Jacob Black.
Me encogí y enterré el rostro en su hombro.
—Y en quinto...
—Está siendo una lista muy pero que muy larga —cuchicheé.
Se echó a reír.
—Sí, pero ¿quieres escuchar lo de la lucha o no?
Mientras hablaba, Seth aulló de forma estridente fuera de la tienda.
El cuerpo se me puso rígido al oír el sonido. No me percaté de que había cerrado la mano izquierda en un puño, y se me habían clavado las uñas en la palma vendada, hasta que Edward la cogió y me abrió los dedos con ternura.
—Todo va a ir bien, Bella —me prometió—. Tenemos la habilidad, el entrenamiento y la sorpresa de nuestra parte. La lucha habrá acabado muy pronto. Si yo no lo pensara así de verdad, estaría ahora allí abajo y tú permanecerías aquí, encadenada a un árbol o adonde fuera que consiguiera tenerte a buen recaudo.
—Alice es tan pequeña —me lamenté.
Él se rió entre dientes.
—Eso podría ser un problema, claro... siempre que hubiera alguien capaz de atraparla.
Seth empezó a gimotear.
—¿Pasa algo malo? —le pregunté.
—Qué va, simplemente está enfadado por tener que quedarse con nosotros. Sabe que la manada lo ha confinado aquí para mantenerle apartado de la acción y protegerle. Está salivando de ganas de reunirse con ellos.
Puse cara de pocos amigos en la dirección adonde estaba Seth.
—Los neófitos han llegado al final de la pista, y todo funciona como si fuera resultado de un encantamiento, este Jasper es un genio. También han captado el rastro de los que están en el prado, así que ahora se están dividiendo en dos grupos, como predijo Alice —murmuró Edward, con los ojos concentrados en algún lugar lejano—. Sam nos está convocando para encabezar la partida de la emboscada —estaba tan concentrado en lo que escuchaba que usó el plural empleado por la manada de forma habitual.
De repente, bajó la mirada hacia mí.
—Respira, Bella.
Luché para hacer lo que me pedía. Podía escuchar el pesado jadeo de Seth justo fuera de la pared de la tienda e intenté emparejar mis pulmones al mismo ritmo regular, de modo que no terminara hiperventilando.
—El primer grupo está en el claro. Podemos escuchar la pelea.
Los dientes se me cerraron de forma audible.
Se rió una vez.
—Podemos oír a Emmett... Se lo está pasando genial.
Me obligué de nuevo a respirar a la vez que Seth.
Edward gruñó.
—Están hablando de ti —los dientes se le cerraron también de golpe—. Se supone que deben asegurarse de que no escapes… ¡Buen movimiento! Vaya, qué rápida murmuró con aprobación—. Uno de los neófitos ha descubierto nuestro olor y Leah le ha tumbado antes de que ni siquiera pudiera volverse. Sam le está ayudando a deshacerse de él. Paul y Jacob han cogido a otro, pero los demás se han puesto a la defensiva. No tienen ni idea de qué hacer con nosotros. Ambos grupos están fintando. No, dejad que Sam lo lidere, apartaos del camino —masculló entre dientes—. Separadlos, no les dejéis que se protejan las espaldas unos a otros.
Seth gañó.
—Eso está mejor, llevadlos hacia el claro —asintió Edgard.
Su cuerpo cambiaba inconscientemente de posición mientras observaba, poniéndose en tensión, anticipando los movimientos que habría hecho de hallarse presente. Sus manos todavía sostenían las mías y yo entrelacé mis dedos con los suyos. Al menos, él no estaba allí abajo.
La única advertencia fue la súbita ausencia de sonidos.
El ritmo acelerado de la respiración de Seth se cortó y como yo había acompasado mi respiración a la suya, lo noté.
Dejé de respirar también, demasiado asustada incluso para poner mis pulmones en funcionamiento cuando me di cuenta de que Edgard se había transformado en un bloque de hielo a mi lado.
Oh, no. No. No
¿Quién había perdido? ¿Ellos o nosotros? Míos, todos eran míos. Pero ¿en qué iba a consistir mi pérdida?
Tan rápido ocurrió que no supe con toda exactitud cuándo fue. De pronto se puso en pie y la tienda cayó hecha jirones a mi alrededor. ¿Era Edward él que lo había hecho? ¿Por qué?
Bizqueé, aturdida bajo la brillante luz del sol. Seth era todo lo que podía ver, justo a nuestro lado, con su rostro sólo a veinte centímetros del de Edward. Se miraron el uno al otro con concentración absoluta durante un segundo que se me hizo eterno. El sol relumbraba sobre la piel de Edward y enviaba chispas de luz hacia la pelambre de Seth.
Y entonces, Edward susurró imperiosamente:
—¡Corre, Seth!
El gran lobo aceleró y desapareció entre las sombras del bosque.
¿Habían pasado dos segundos completos? Me habían parecido horas. Me sentí aterrorizada hasta el punto de las náuseas por la certeza de que la cosa se había torcido en el claro y había ocurrido algo horrible. Abrí la boca para pedirle a Edward que me llevara allí y que lo hiciera ya. Ellos le necesitaban y también a mí. Si tenía que sangrar para salvarlos, lo haría. Moriría por ello, como la tercera esposa. No tenía ninguna daga de plata en mis manos, mas seguro que encontraría una forma...
Pero antes de que pudiera decir ni una sílaba, sentí como si me hubiesen sacado el aire del cuerpo de un solo golpe. Como las manos de Edward nunca me habían soltado, simplemente quería decir que nos estábamos moviendo, tan rápido que la sensación era como de caerse de lado.
Me encontré de pronto con la espalda aplastada contra la escarpada falda del acantilado. Edward se puso delante de mí, en una postura que yo conocía muy bien.
El alivio me recorrió la mente al mismo tiempo que el estómago se me hundía hasta las plantas de los pies.
Le había malinterpretado.
Alivio: no había sucedido nada malo en el claro.
Horror: la crisis estaba teniendo lugar aquí.
Edward adoptó una posición defensiva, medio agachado, con los brazos adelantados ligeramente, una pose que me trajo un recuerdo tan duro que me sentí mareada. La roca a mi espalda igual hubiera podido ser aquella antigua pared de ladrillo de un callejón italiano, donde él se había interpuesto entre los guerreros Vulturis, cubiertos con sus mantos negros, y yo.
Algo venía a por nosotros.
—¿Quién es? —murmuré.
Las palabras salieron entre sus dientes con un rugido más alto de lo que yo esperaba. Demasiado alto. Eso quería decir que ya no había posibilidad alguna de esconderse. Estábamos atrapados y daba igual quién escuchara su respuesta.
—Victoria —contestó, escupiendo la palabra como si fuera una maldición —. No está sola. Nunca tuvo intención de participar en la lucha, pero seguía a los neófitos para observar. Cuando percibió mi olor, tomó la decisión de seguirlo por pura intuición, adivinando que tú permanecerías donde yo estuviera. Y ha acertado. Tú llevabas razón, detrás de todo esto siempre estuvo ella y nadie más que ella.
Victoria estaba lo bastante cerca para que él pudiera escuchar sus pensamientos.
Me sentí aliviada otra vez. Si hubieran sido los Vulturis, ambos estaríamos muertos. Pero con Victoria, no teníamos que ser los dos. Edward podría sobrevivir a esto. Era un buen luchador, tan bueno como Jasper. Si ella no traía a otros consigo, podría abrirse camino hasta volver con su familia. Edward era más rápido que ninguno. Sería capaz de hacerlo.
Me alegraba mucho de que él hubiera hecho marcharse a Seth, pero claro, no había nadie a quien el lobo pudiera acudir en busca de ayuda. Victoria había sincronizado perfectamente su actuación. Al menos, Seth estaba a salvo; no imaginaba al enorme lobo de color arena cuando pensaba en él: sólo veía al desgarbado chico de quince años.
El cuerpo de Edward se movió, de forma infinitesimal, pero me permitió saber hacia dónde mirar. Observé las sombras oscuras del bosque.
Era como si mis pesadillas caminaran a mi encuentro con la idea de saludarme.
Dos vampiros se deslizaron con lentitud dentro de la pequeña abertura de nuestro campamento, con los ojos atentos, sin perder nada de vista. Brillaban como diamantes bajo el sol.
Apenas pude echar una ojeada al chico rubio; porque sí, era sólo un chico, a pesar de su altura y su musculatura, y quizá tenía mi edad cuando le convirtieron. Sus ojos, del color rojo más intenso que había visto nunca, no retuvieron mi atención, y pese a ser el que estaba más cerca de Edward, y el peligro más cercano, casi no le vi...
... porque a pocos metros y algo más atrás, Victoria clavó su mirada en la mía.
Su pelo de color anaranjado era más brillante de lo que recordaba, parecido a una llama. No había viento, pero el fuego alrededor de su rostro parecía hacerle titilar un poco, como si estuviera vivo.
Tenía los ojos negros por la sed. No sonreía, como siempre había hecho en mis pesadillas, sino que apretaba los labios en una línea tensa. Había una sorprendente cualidad felina en el modo en que acuclillaba el cuerpo, como una leona a la espera de la oportunidad para atacar. Su mirada salvaje e inquieta fluctuaba entre Edward y yo, pero nunca descansaba en él más de medio segundo. No podía apartar sus ojos de mi rostro más de lo que yo podía apartar los míos.
Emanaba tensión de un modo que parecía casi visible en el aire. Podía sentir el deseo, la pasión arrolladura que la tenía bien aferrada en sus garras. Supe lo que estaba pensando, casi como si yo pudiera oír también sus pensamientos.
Estaba tan cerca de lo que quería, el centro de toda su existencia durante más de un año, ahora estaba tan cerca...
Mi muerte.
Su plan era tan obvio como práctico. El chico rubio y grande atacaría a Edward, y ella me liquidaría tan pronto como Edward estuviera suficientemente distraído.
Sería rápido, porque no le quedaba mucho tiempo para juegos, pero también definitivo. Algo de lo que no sería posible recobrarse. Algo que ni siquiera la ponzoña de un vampiro podría reparar.
Ella tendría que detener mi corazón. Quizá lanzando una mano contra mi pecho, hasta aplastarlo. O cualquier otra cosa parecida.
Mi corazón latió con furia, ruidosamente, como si quisiera ofrecer un objetivo más obvio.
A una inmensa distancia, lejos, más allá del bosque oscuro, el aullido de un lobo hizo eco en el aire sereno. Como Seth se había marchado, no había forma de interpretar el sonido.
El chico rubio miró a Victoria por el rabillo del ojo, esperando una orden.
Era joven en más de un sentido. Lo supuse porque el brillante iris escarlata no duraba mucho tiempo en un vampiro, y esto quería decir que sería muy fuerte, pero poco ducho en las artes de la pelea. Edward sabría cómo deshacerse de él. Y sobreviviría.
Victoria proyectó su barbilla hacia Edward, ordenando al chico, sin palabras, que atacara.
—Riley —dijo Edward con voz dulce, suplicante. El joven rubio se quedó helado, con los ojos dilatados por la sorpresa—. Te está mintiendo, Riley —continuó Edward—. Escúchame. Te miente del mismo modo que mintió a los otros que ahora están muriendo en el claro. Tú ya sabes que ella los ha engañado, porque te ha utilizado para ello, ya que ninguno de vosotros pensó jamás en ir a socorrerlos. ¿Es tan difícil creer que su falsedad también te alcance a ti?
La confusión se expandió por el rostro de Riley.
Edward se movió unos cuantos centímetros hacia un lado y Riley compensó el movimiento de modo automático ajustando de nuevo su posición.
—Ella no te quiere, Riley —la voz de Edward era persuasiva, casi hipnótica—. Nunca te ha amado. Victoria amó una vez a alguien que se llamaba James y tú no eres más que un instrumento para ella.
Cuando dijo el nombre de James, los labios de Victoria se retrajeron en una mueca que mostraba todos sus dientes. Sus ojos continuaron clavados en mí.
Riley lanzó una mirada frenética en su dirección.
—¿Riley? —insistió Edward.
Éste volvió a concentrarse en Edward de forma instintiva.
—Ella sabe que te mataré, Riley. Quiere que tú mueras, para no tener que mantener más su fachada. Sí, eso sí lo ves, ¿verdad? Ya has notado la renuencia en sus ojos, has sospechado de esa nota falsa que se percibe en sus promesas. Llevas razón. Ella nunca te ha querido. Todos los besos y todas las caricias no eran más que mentiras.
Edward trasladó su peso de nuevo unos cuantos centímetros más hacia el muchacho y se apartó otros tantos de mí.
La mirada de Victoria se ajustó al espacio que se había abierto entre nosotros. No le llevaría más de un segundo matarme, y sólo necesitaba el más pequeño atisbo de oportunidad para hacerlo.
Riley volvió a cambiar su posición esta vez con más lentitud.
—No tienes por qué morir —le prometió Edward, con los ojos fijos en los del muchacho—. Hay otras formas de vivir distintas a la que ella te ha enseñado. No todo son mentiras ni sangre, Riley. Puedes seguir un camino nuevo desde ahora. No debes morir por culpa de sus engaños.
Edward deslizó un pie hacia delante y hacia un lado. Ahora había medio metro entre él y yo. Riley se retrasó algo más de lo necesario para compensar el avance de Edward. Victoria se inclinó hacia delante, sobre sus talones.
—Es tu última oportunidad, Riley —susurró Edward.
El rostro del joven vampiro mostraba verdadera desesperación mientras escrutaba a Victoria en busca de respuestas.
—El es el mentiroso, Riley —intervino Victoria y se me abrió la boca de puro asombro al escuchar el sonido de su voz—. Ya te advertí acerca de sus truquitos mentales. Tú sabes que te quiero.
Su voz no era el salvaje gruñido gatuno que parecía el más idóneo para su figura. Por el contrario, resultaba dulce, agudo, con un toque de soprano, casi como el de un bebé. El tipo de voz que va acorde con rizos rubios y chicle de color rosa. No tenía sentido que saliera de entre sus dientes desnudos y relucientes.
Riley apretó la mandíbula y cuadró los hombros. Sus ojos se vaciaron de todo tipo de confusión o de sospecha y de cualquier otra clase de pensamiento. Se tensó para atacar.
El cuerpo de Victoria parecía temblar de tan agazapada como estaba. Sus manos se habían convertido en garras a la espera de que Edward se separara sólo un centímetro más de mí.
El gruñido no procedió de ninguno de ellos.
Una forma similar a la de un mamut de color tostado cayó sobre el centro del claro, arrojando al suelo a Riley.
—¡No! —gritó Victoria, contrariada, con su voz de bebé aguda por la incredulidad.
A un metro y medio de mí el enorme lobo arrancó algo de cuajo y lo separó del cuerpo del vampiro rubio. Un objeto blanco y duro chocó contra las rocas al lado de mis pies. Me deslicé a un lado para apartarme.
Victoria no desperdició ni una sola mirada en el chico al cual había jurado poco antes su amor. Tenía los ojos aún fijos en mí, llenos de una decepción tan feroz que le daba un aspecto desquiciado.
—No —repitió entre dientes, mientras Edward comenzaba a moverse hacia ella, bloqueándole su acceso hasta mí.
Riley estaba de nuevo de pie, con una apariencia contrahecha y demacrada, pero aún capaz de lanzar un perverso golpe hacia el hombro de Seth. Oí cómo se partía el hueso. Seth se retiró y comenzó a girar sobre sí mismo, cojeando. Riley avanzó las manos de nuevo, preparado, aunque me parecía que le faltaba parte de una de ellas...
A pocos metros de esta pelea, Victoria y Edward fintaban.
En realidad no daban vueltas, porque Edward no iba a permitirle adquirir una posición más cercana a mí. Ella se deslizaba hacia atrás, moviéndose de un lado al otro, intentando encontrar un hueco en su defensa. El seguía su juego de piernas con agilidad, acechándola con perfecta concentración. Comenzaba a moverse justo una fracción de segundo antes de que ella se moviera, leyendo sus intenciones en sus pensamientos.
Seth embistió a Riley de costado y volvió a arrancarle algo que provocó un horrísono y chirriante alarido de dolor. Otro gran trozo blanco y pesado cayó en el bosque con un golpe sordo. Riley rugió de furia y Seth saltó hacia atrás, extrañamente ligero para su tamaño, mientras el neófito lanzaba un golpe hacia él con la mano destrozada.
Victoria se abrió camino en zigzag hacia el extremo más lejano del pequeño claro. Estaba dividida: sus pies la empujaban hacia la seguridad, pero sus ojos mostraban su ansia al clavarse en mí como si fueran imanes, atrayéndola hacia mi lugar. Podía ver cómo luchaban en su interior el deseo ardiente de matar contra el instinto de supervivencia.
Edward también podía ver esto, claro.
—No te vayas, Victoria —murmuró en el mismo tono hipnótico de antes—. Nunca tendrás otra oportunidad como ésta.
Ella le mostró los dientes y siseó en su dirección, pero parecía incapaz de alejarse de mí.
—Siempre podrás huir luego —ronroneó Edward—. Tendrás mucho tiempo para eso. Es lo que haces siempre, ¿no? Ese es el motivo por el que te retenía James. Le eras útil, pese a tu afición a los juegos mortales. Una compañera con un asombroso instinto para la huida. El no debería haberte dejado. Bien que le habrían venido tus habilidades cuando le cogimos en Phoenix.
Un rugido brotó entre los dientes de ella.
—Sin embargo, eso fue todo lo que significaste para él. Es de tontos malgastar tanta energía vengando a alguien que sintió menos afecto por ti que un cazador por su perro. No fuiste para él nada más que alguien oportuno. Yo lo supe.
Edward esbozó una sonrisa torcida mientras se golpeaba la sien con un dedo.
Con un aullido estrangulado, Victoria se precipitó contra los árboles de nuevo, fintando hacia un lado. Edward respondió y el baile comenzó de nuevo.
Justo entonces, el puño de Riley alcanzó el flanco de Seth y un gemido bajo se ahogó en la garganta del lobo gigante. Seth retrocedió con los hombros encogidos, como si intentara sacudirse el dolor.
Por favor, quise rogarle a Riley, pero no me funcionaron los músculos para abrir la boca o para expulsar el aire de mis pulmones. Por favor, es sólo un niño.
¿Por qué no habría huido Seth? ¿Por qué no lo hacía ahora?
Riley estaba cerrando de nuevo la distancia entre ellos, empujando a Seth contra la pared de roca donde yo me encontraba. Victoria pareció de pronto interesada en el destino de su compañero. Podía verla mirando de reojo, juzgando la distancia entre Riley y yo. Seth atacó de nuevo a Riley, que se vio obligado a retirarse y Victoria siseó.
Seth ya no cojeaba. Dando vueltas, se topó con la espalda de Edward, la cual rozó con la cola, y los ojos de Victoria casi se salieron de sus órbitas.
—No, no se volverá contra mí —le dijo Edward, contestando la pregunta que había surgido en su mente y usó su distracción para deslizarse más cerca de ella—. Tú nos has suministrado un enemigo común, nos has convertido en aliados.
Ella apretó los dientes, intentando mantener concentrada su atención sólo en Edward.
—Míralo más de cerca, Victoria —murmuró él, tirando de los hilos de su concentración—. ¿De verdad se parece tanto al monstruo cuyo rastro siguió James desde Siberia?
Sus ojos se abrieron del todo, y después comenzaron a oscilar salvajemente entre Edward, Seth y yo, de uno en uno.
—¿No es el mismo? —gruñó con su voz de soprano, de niña pequeña—. ¡Es imposible!
—Nada es imposible —murmuró Edward, con la voz suave como el terciopelo mientras se acercaba a ella centímetro a centímetro—, excepto lo que tú quieres. Jamás la tocarás.
Ella sacudió la cabeza de manera rápida y entrecortada, intentando evitar sus movimientos de distracción y evadirlo pero él se colocó en el lugar apropiado para bloquearla tan pronto como ella pensó el plan. Su rostro se contorsionó de pura frustración y después se agazapó aún más, como una leona de nuevo, y atacó de forma deliberada hacia delante.
Victoria no estaba precisamente falta de experiencia ni era una neófita dirigida por sus instintos, sino que resultaba letal. Como yo conocía la diferencia entre ella y Riley, sabía que Seth no hubiera durado tanto si hubiera estado luchando contra esa vampira.
Edward también cambió de posición, conforme se acercaron el uno al otro, y aquello se convirtió en una lucha entre un león y una leona.
El baile aumentó de ritmo.
Una danza similar a la de Alice y Jasper en el prado, una espiral borrosa de movimientos, sólo que esta danza no estaba coreografiada de modo tan perfecto. Agudos crujidos y chasquidos reverberaban de la pared del acantilado, conforme alguien era desalojado de su lugar. Pero se movían tan rápido que no podía decir quién cometía los errores...
Riley se distrajo con ese violento ballet, con los ojos llenos de ansiedad por su compañera. Seth atacó de nuevo, arrancando de otro bocado un pequeño trozo del vampiro. Riley bramó y lanzó un tremendo golpe de revés que acertó de lleno en el amplio pecho de Seth. Su cuerpo enorme se elevó más de tres metros y chocó contra la pared rocosa sobre mi cabeza con una fuerza que pareció sacudir todo el pico de la montaña. Oí cómo se escapaba el aire de mis pulmones y salté fuera de su camino cuando él rebotó contra la piedra y cayó sobre el suelo a pocos metros de donde yo me hallaba.
Un bajo gimoteo se escapó de entre sus dientes.
Empezaron a caerme fragmentos agudos de roca sobre la cabeza, arañándome la piel desnuda. Una astilla de roca afilada me cayó encima del brazo derecho y la aferré irreflexivamente. Mis dedos se cerraron a su alrededor cuando se activaron mis propios instintos de supervivencia. Mi cuerpo se preparaba para luchar, sin preocuparse de lo poco efectivo que fuera el gesto, al no haber ocasión alguna para la huida.
Se me disparó la adrenalina en las venas. Notaba que la abrazadera me cortaba la palma y sentía las protestas de la fisura de mi nudillo. Era consciente de todo esto, pero a pesar de ello no podía sentir dolor.
Detrás de Riley, todo lo que se podía ver era la llama fluctuante del pelo de Victoria y un borrón blanco. Los chasquidos metálicos y los desgarrones aumentaban de ritmo, lo mismo que los jadeos y los siseos horrorizados, lo cual dejaba claro que el baile se estaba volviendo mortal para alguien.
Pero ¿para quién?
Riley se deslizó hacia mí, con los ojos rojos brillantes de furia. Miró hacia la montaña renqueante de pelo color arena que se encontraba entre nosotros y sus manos, destrozadas y rotas, se cerraron como garras. Abrió la boca del todo, con los dientes brillantes, como si se estuviera preparando para desgarrar la garganta de Seth.
Un segundo latigazo de adrenalina me atravesó como un choque eléctrico y de pronto lo vi todo claro.
Ambas luchas se desarrollaban demasiado cerca. Seth estaba a punto de perder la suya y no tenía ni idea de si Edward ganaba o perdía. Ambos necesitaban ayuda. Una distracción. Algo que les diera una oportunidad.
Mi mano aferró la astilla de piedra tan fuerte que uno de los soportes de la abrazadera se rompió.
¿Tendría la suficiente fuerza? ¿Sería lo bastante valiente? ¿Cuánta energía haría falta para enterrar la piedra rugosa en mi cuerpo?
¿Le daría eso a Seth el tiempo necesario para volver a ponerse en pie? ¿Se curaría lo bastante rápido como para que mi sacrificio le diera alguna oportunidad?
Con la punta aguda del fragmento me subí el grueso jersey hacia arriba para exponer la piel y después presioné la parte más afilada contra la arruga de mi codo. Allí tenía la larga cicatriz que me hice la noche de mi último cumpleaños, cuando derramé suficiente sangre como para captar la atención de todos los vampiros y dejarlos helados en sus sitios por un momento. Recé para que volviera a funcionar. Me envaré y aspiré un gran trago de aire.
Victoria se distrajo con el sonido de mi jadeo. Sus ojos, detenidos durante la mínima fracción de un segundo, se encontraron con los míos. En su expresión se mezclaban la furia y la curiosidad de una forma extraña.
No sé cómo pude escuchar ese pequeño ruido con todos los otros que reverberaban en la pared de piedra y me martilleaban el cerebro. El sonido de los latidos de mi propio corazón podría haber sido suficiente para haberlo ahogado. Pero en el mismo segundo en que miré a Victoria a los ojos, creo que fui capaz de oír un familiar suspiro exasperado.
En ese mismo corto segundo, el baile se detuvo de manera violenta. Pasó tan deprisa que ya había terminado antes de que yo pudiera seguir la secuencia exacta de los hechos. Intenté captarlos como pude en mi mente.
Victoria había salido volando del borrón y había chocado contra un alto abeto, más o menos a la mitad del tronco. Cayó sobre la tierra ya agazapada para saltar.
De forma simultánea, Edward, del todo invisible por la velocidad, se volvió a sus espaldas y cogió al desprevenido Riley por el brazo. Me pareció como si Edward plantara su pie contra su espalda y tirara hacia arriba...
El pequeño campamento se llenó con el taladrante aullido de agonía de Riley.
Al mismo tiempo, Seth saltó sobre sus patas y me ocultó la mayor parte de la visión.
Pero aún podía ver a Victoria. Y aunque parecía extrañamente deformada, como si fuera incapaz de enderezarse por completo, pude distinguir la sonrisa que atravesaba su rostro salvaje, la misma que aparecía en mis sueños.
Se agachó y saltó.
Algo pequeño y blanco silbó por el aire y colisionó con ella en pleno vuelo. El impacto sonó como una explosión, y la lanzó contra otro árbol, que esta vez se partió por la mitad. Volvió a aterrizar sobre sus pies, agazapada y preparada, pero Edward ya ocupaba su posición. Sentí cómo el alivio barría mi corazón cuando le vi de pie y en perfecto estado.
Victoria pateó algo a un lado con un golpe de su pie desnudo, el misil que había abortado su ataque. Vino dando vueltas hasta mí y me di cuenta de lo que era.
Se me encogió el estómago.
Los dedos todavía se retorcían. Aferrándose a las hojas de hierba, el brazo de Riley comenzó a moverse de forma convulsiva por el suelo.
Seth estaba de nuevo dando vueltas en torno a Riley, mientras éste se retiraba. Caminaba de espaldas ante el licántropo que avanzaba, con el rostro rígido por el dolor. Alzó su único brazo a la defensiva.
Seth cayó sobre Riley y el vampiro perdió el equilibrio. Vi al lobo hundir los dientes en el hombro de Riley y luego tirar, saltando hacia atrás de nuevo.
Con un chirrido metálico que taladraba los oídos, Riley perdió su otro brazo.
Seth sacudió la cabeza, lanzando la extremidad contra los árboles. El entrecortado ruido siseante que salió de entre sus dientes sonaba como una risita burlona.
Riley gritó con un lamento torturado.
—¡Victoria!
Ella ni siquiera se estremeció al oír el sonido de su nombre. Sus ojos ni siquiera hicieron el intento de moverse hacia su compañero.
Seth se lanzó hacia delante con la fuerza de una bola de demolición. El golpe les llevó a ambos entre los árboles, donde los chirridos metálicos eran acompañados por los gritos agónicos de Riley. Éstos cesaron de repente, mientras que continuaron los ruidos de trituración de la materia pétrea del cuerpo del vampiro.
Aunque no malgastó en Riley ni una mirada de despedida, Victoria pareció darse cuenta de que estaba sola. Comenzó a apartarse de Edward con una decepción infinita llameando en sus ojos. Me lanzó una corta mirada de anhelo y después empezó a retirarse más deprisa.
—No —canturreó suavemente Edward, con su voz seductora—. Quédate un poco más.
Ella aceleró y voló hacia el refugio del bosque como la flecha de un arco.
Pero Edward fue más rápido, como la bala de una pistola.
La agarró por la espalda desprotegida justo al borde de los árboles y el baile se acabó con un último y sencillo paso.
La boca de Edward se deslizó por su cuello como una caricia. El estruendo chirriante de los esfuerzos de Seth cubrió cualquier otro ruido, o no hubo ningún sonido distintivo que permitiera dar una imagen clara de violencia. Lo mismo podría haber estado besándola.
Y luego su ardiente maraña de pelo ya no siguió conectada al resto de su cuerpo. Las temblorosas olas anaranjadas de sus cabellos cayeron al suelo y dieron un salto antes de rodar hacia los árboles.
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